Heterodoxia

Paranoia…

Hace 20 años, muchos pensaron que después de la caída del Muro de Berlín el mundo caminaría, al fin, por el sendero de la razón. Pero cada día nos encontramos en Rusia y Medio Oriente con sangrientas pruebas en contra.

Como se ha recordado, hace 100 años las llanuras y montañas de Europa y Medio Oriente se tiñeron con la sangre de lo mejor de su juventud. Guiados por líderes irresponsables y militares incompetentes, 10 millones de hombres, en la flor de la vida, murieron y otros tantos más quedaron traumatizados para siempre.

Cuatro años después, aquella locura colectiva pareció terminar: imperios y reinos centenarios se derrumbaron. Emergieron nuevas repúblicas. El socialismo y el internacionalismo de los partidos de trabajadores se pusieron de moda y obligaron al nacionalismo a esconder la cabeza. Renació la esperanza.

Algunos fantasearon con la idea de que aquella, la Gran Guerra, como le llamaban, podría ser la última. Que tal vez, sobre el lodo y los cadáveres amaneciera un nuevo mundo: justo, razonable, solidario. Un mundo donde los conflictos internacionales se pudieran solucionar pacíficamente.

Uno de aquellos idealistas que estuvo dispuesto a dedicar tiempo, dinero y todo su poder para lograrlo fue Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos y vencedor absoluto en aquel conflicto.

Con este propósito —el de lograr una paz permanente y definitiva para todo el mundo— se trasladó, con su secretario de Estado y un numeroso grupo de asesores, a la ciudad de París, donde durante seis meses trabajó, juntó a los líderes de Francia, Inglaterra, Italia y Japón, para darle al globo nuevas fronteras y tratados que resolvieran asuntos atorados durante siglos. Una especie de gobierno mundial se estableció en la capital de Francia.

Wilson tenía una personalidad peculiar. Por una parte era un político de raza, pero al mismo tiempo, y esta zona de su personalidad lo dominaba, era un intelectual. Es decir un hombre de ideas que pensaba, además, que el impulso y la fuerza de sus propias ideas podría cambiar el mundo. Y Wilson puso manos a la obra para que la paz se construyera como una obra monumental de la razón.

En París, durante el invierno, la primavera y parte del verano de 1919, se reunieron con los cinco grandes vencedores, los líderes de los países que habían padecido el conflicto y que buscaban resolver lo que llamaban las reivindicaciones nacionales de sus pueblos. Al mismo tiempo en los imperios derrotados: Rusia, Alemania, Hungría, Turquía, Bulgaria, se escenificaban revueltas y revoluciones.

Para los diplomáticos, militares y políticos que acudieron en París a miles de reuniones y prepararon cientos de documentos resolutivos —John Maynard Keynes entre ellos—, aquello fue una experiencia enormemente didáctica:

¿Es posible lograr que el brillo de las ideas y la discusión abierta de ellas pongan de acuerdo a los hombres? ¿O son los intereses económicos y las emociones descontroladas lo que dicta la realidad de la vida en el mundo?

Lo que ocurrió en París entonces no parece dejar duda. Después de meses y meses de escuchar, discutir, redactar y trabajar sobre un enorme mapamundi, se fijaron nuevas fronteras en Europa, África y Asia. Surgieron nuevas naciones: Yugoslavia, Checoslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Irak, Jordania… Otras vieron encoger su territorio: Alemania, Austria, Hungría. Rusia transformó de raíz su sistema económico y político. Se firmaron tratados de paz y reparaciones con los imperios derrotados. Los grandes líderes volvieron a sus países y París volvió a quedar listo para ser una fiesta de arte, moda y estilo de vida. Pocos años después, Wilson y los otros líderes se eclipsaron.

Durante la década de los fabulosos 20, el mundo pareció olvidarse de la trágica década anterior. La sociedad de naciones era la esperanza, la autodeterminación y la solución pacífica de los conflictos también. Para los soñadores aquellos horrores vividos habían sido los últimos.

Infortunadamente, todo fue una fantasía. En 1933 Japón invadió China; en 1936, el Ejército español se reveló contra la república; en 1937 Mussolini invadió Etiopía y Hitler Checoslovaquia, poco después también Polonia, Rusia, África… Aquella nueva locura solo terminó cuando se arrojaron las primeras bombas atómicas sobre la población civil.

Hace 20 años, muchos pensaron que después de la caída del Muro de Berlín el mundo caminaría, al fin, por el sendero de la razón. Pero cada día nos encontramos en Rusia y Medio Oriente con sangrientas pruebas en contra.

¿Es solo paranoia? ¿O en verdad estamos cerca de otra nueva gran estupidez?

alvalima@yahoo.com