Heterodoxia

¿Oportunidad o derrota?

Después de la Independencia surgió un dilema que atormenta, desde entonces, a muchas lúcidas conciencias mexicanas:

¿Qué nos conviene verdaderamente —sin autocomplacencia ni sensiblería—: ser el norte de América Latina o el sur de Estados Unidos?

Esta contradicción persiguió a liberales y conservadores durante todo el siglo XIX. Es un hecho documentado que los liberales apreciaron siempre el sistema político, las virtudes cívicas y el estado laico norteamericanos. De ahí viene nuestra República Federal, la separación entre gobierno e iglesias, la división de poderes y hasta el nombre oficial del país: Estados Unidos Mexicanos.

Los conservadores, en cambio, nunca superaron la nostalgia por el viejo imperio Español y la fallida aspiración de mantenernos como sucursal europea, de ahí su centralismo, su obsesión por traer un monarca europeo y su insistencia en conservar la religión única heredada de la Colonia.

El Porfiriato osciló entre los dos modelos: Europa en el corazón y Norteamérica en el bolsillo. Los científicos porfirianos amaban Francia, pero vivían negociando concesiones petroleras, mineras y ferrocarrileras con los angloamericanos.

Cuando ganó la Revolución, también triunfó el nacionalismo. Era el momento de voltear a vernos a nosotros mismos. Era la hora de México. Y surgió entonces con la promoción cultural vasconceliana el hallazgo del tesoro: nuestros colores, nuestros sonidos, nuestros sabores, nuestras letras, nuestras ideas: Diego, Orozco, Revueltas, Moncayo, Azuela, Rulfo, López Velarde, Paz.

Pero también renacieron nuestros vicios: el militarismo, el machismo, el caudillismo, la violencia, la corrupción, la impunidad, la sumisión, la indolencia.

Y se configuró el estereotipo con que muchos nos definen: los mexicanos son creativos, festivos y trabajadores, pero incapaces de administrarse y gobernarse.

Después del excepcional impulso cardenista vino una segunda oleada de éxitos nacionalistas, ahora más cercanos a la cultura de masas: Armendáriz, Figueroa, El Indio, Cantinflas, Infante, Pinal, Tintán, Lara, Velázquez, Curiel, Gavaldón, Gabilondo, Pérez Prado, Alonso, El Chavo, Juan Gabriel y muchos más.

Simultáneamente una segunda oleada de pésima política: más corrupción, represión, demagogia, manipulación y simulación.

Y así llegamos al final del siglo XX: tres premios Nobel, decenas de intelectuales y artistas de notable calidad, varias empresas exitosas, deportistas y cineastas reconocidos en el mundo. Una clase media emergente, esforzada y en medio de todo un océano de pobres y un país devastado.

En política, después de 18 años de fallida tecnocracia, la horrible cereza del helado: una alternancia hueca, con pocos demócratas y demasiados rufianes. Doce años de panismo estéril, primero con un frívolo parlanchín y después con un neurótico agresivo. El fiasco.

Pero no podemos más perder el tiempo volteando al pasado, urge que nos ocupemos del futuro.

Ahora que el Congreso y las legislaturas locales aprobaron la reforma energética, México empezará a ser otro. Viviremos nuevas, difíciles encrucijadas y oportunidades para conservarnos como Estado independiente y nación respetada.

Parece pertinente que la izquierda, que se dice juarista, relea las ideas del Benemérito y los liberales sobre la sociedad y el sistema norteamericano. Y perciba también que el mundo y Estados Unidos ya no son los mismos de los años treinta o setenta del siglo pasado. Que se dé cuenta de que nuestra paulatina integración energética, económica y cultural con Estados Unidos es un hecho inevitable. Que no podemos seguir hundiendo la cabeza en la tierra. Y que la única manera de interactuar con el mundo es con las armas de la madurez y la inteligencia. Que hay mucho que hacer para vigilar la transparencia en la aplicación de la Reforma.

Que ya no somos la frontera, sino el puente entre el sur y el norte.

Que la vida no es una eterna derrota, sino siempre una nueva oportunidad.

alvalima@yahoo.com