Heterodoxia

2 de Octubre, no se olvida…

La lección del 68 queda ahí, nítida y evidente: no se pueden resolver problemas políticos a balazos. Sea en 1968 o en 2014. La represión violenta sea en Tlatelolco, Iguala, Apatzingán o Oaxaca no resuelve nada y solo difiere el resurgimiento y gravedad de los conflictos.

Hoy será un día difícil y peligroso para la Ciudad de México.

Miles de estudiantes politécnicos y de otros centros de educación marcharán por las calles, a fin de recordar la incapacidad de la clase política mexicana para dar una respuesta civilizada a las demandas del Movimiento Estudiantil de 1968.

Efectivamente, hace 46 años el presidente Gustavo Díaz Ordaz, el secretario de Gobernación Luis Echeverría y el regente de la ciudad Alfonso Corona del Rosal decidieron resolver a balazos un asunto que bien pudieron abordar con las herramientas tradicionales de la política: el diálogo y la negociación.

Sin embargo, la ceguera, la soberbia y la ambición desatadas por la sucesión presidencial convirtieron a un grupo de políticos mediocres —Díaz, Echeverría y Corona— en torpes asesinos de estudiantes y, de esta manera sangrienta, fracturaron para siempre la frágil legitimidad del sistema político mexicano de entonces.

No está por demás recordar que para octubre de 1968 el Movimiento Estudiantil iniciado el 26 de julio de ese mismo año ya padecía un desgaste evidente, producto de 66 días de actividad febril y que, tanto entre las fatigadas bases como entre muchos dirigentes, había el deseo de encontrar una salida negociada. Por otra parte, la cercanía de la fecha de inicio de las Olimpiadas presionaba a todos para encontrar un final razonable del Movimiento Estudiantil que diera a la sociedad la posibilidad de disfrutar en paz del espectáculo olímpico con sus hijos en las aulas.

Pero no, por encima de la lógica, se soltaron los demonios y ocurrió todo lo contrario. Sobrevino la emboscada artera cuando un grupo de asesinos —provenientes de los sótanos y las cañerías de la Secretaría de Gobernación— disparó, por igual, contra estudiantes y militares reunidos en la Plaza de Tlatelolco y así crear, deliberadamente, una confusa masacre que permitiera alcanzar tres objetivos insanos: intimidar definitivamente a los estudiantes inconformes, apresar a sus dirigentes y encumbrar a Luis Echeverría como candidato a la Presidencia y hombre fuerte del país.

Innumerables testimonios, recabados por periodistas e investigadores prueban, más allá de dudas razonables, que Echeverría, con la complicidad de Díaz Ordaz y la pasividad de Corona del Rosal, fraguó y llevó a cabo un maquiavélico plan para aplastar a sangre y fuego —al mismo tiempo que escondía la mano—, lo que quedaba del movimiento estudiantil y conseguir, simultáneamente, la candidatura presidencial.

La perversidad, el cinismo y la astucia que mostraron muchos de los políticos de entonces, los mantuvo en el poder todavía algunos años. Pero el daño que causaron al país y al sistema que ellos mismos crearon fue irremediable. Poco a poco, el poder fue cambiando de manos: de los asesinos hacia los tecnócratas y más tarde hacia la frágil alternancia que hoy vivimos. A Echeverría le cayó, años después, el arresto domiciliario y a sus cómplices la condena de la historia.

Por tanto, la lección del 68 queda ahí, nítida y evidente: no se pueden resolver problemas políticos a balazos. Sea en 1968 o en 2014. La represión violenta sea en Tlatelolco, Iguala, Apatzingán o Oaxaca no resuelve nada y solo difiere —cada vez por menos tiempo— el resurgimiento y gravedad de los mismos conflictos.

Una y otra vez se repite la lección, poco aprendida, de que ningún propósito modernizador aislado puede imponerse a la sociedad, si no se le ofrece simultáneamente, y de manera consensuada, una mejor distribución de la riqueza nacional y se asegura un acceso equitativo al bienestar. Los cambios que funcionan bien, son los que tienen presente que el principio fundacional de la República es el de la justicia.

De tal manera que el dilema es claro: o logramos abordar las verdaderas demandas que subyacen detrás de todos los conflictos y que no son otras que las de atemperar la desigualdad, disminuir los excesos y desterrar la corrupción. O el país continuará viviendo una espiral de violencia confusa e imparable.

Es la hora de la inteligencia y la humildad —como todos hemos visto el martes en el templete de Bucareli— no de la ceguera y la soberbia.

(También al otro lado del mundo, en Hong Kong, la nomenklatura China se enfrenta al mismo dilema: ¿diálogo o balas? ¿Negociación o represión? ¿Inteligencia o estupidez?).

alvalima@yahoo.com