Heterodoxia

Mentiras…

Va a ser difícil decir la verdad. Va a ser difícil que les crean, porque México es el país de las mentiras. Hemos vivido siglos diciendo y escuchando mentiras, verdades a medias, exageraciones.

Después de la noche triste de Iguala, el único instrumento que tiene el gobierno mexicano para contener la avalancha de incredulidad y descrédito que le ha caído encima es decir la verdad.

La verdad que se desprenda de los hechos, sin recortes ni adiciones: simplemente la verdad. Tener presente, además, que la verdad jurídica es asunto de abogados y sus procedimientos, pero las declaraciones públicas de los voceros deben apegarse al lenguaje de los hechos.

Va a ser difícil decir la verdad. Va a ser difícil también que les crean, porque México es el país de las mentiras. Hemos vivido siglos diciendo y escuchando mentiras, verdades a medias, exageraciones y diminutivos.

Las decimos todos: desde las románticas promesas masculinas previas al avance sexual, hasta las cifras enmascaradas cuando informamos nuestros ingresos y gastos. Las ha dicho la Iglesia: cuando amenaza con la condena eterna a los adolecentes calenturientos, o cuando difunde míticas apariciones que adornan por cientos nuestra peculiar geografía cristiana.

Las dijo Maciel a los crédulos padres que le encomendaron a sus hijos. Y las dijo el incrédulo Miguel Hidalgo, cuando agitó el estandarte Guadalupano ante sus ingenuos seguidores. Las dijo Iturbide que prometió libertad y erigió un Imperio autoritario. Y el cínico Santa Anna: un mentiroso contumaz que engañó alegremente a la nación mientras entregaba la mitad del territorio.

También las dijo Juárez, quien ofreció apegarse a la legalidad, cuando sabemos que solo la muerte lo separó del poder. Las dijo Porfirio Díaz, quien ofreció a los periodistas norteamericanos dejar el poder y nunca aceptó elecciones libres.

Nuestra historia es una cadena interminable de mentiras: Huerta le mintió a Madero. Carranza engañó a Zapata. Obregón engatusó a Pancho Villa. Serrano le mintió a Obregón y Calles engañó a todos.

Y qué decir de la democracia ofrecida por el PRI desde 1929: una gran mentira que duró décadas. Los engaños truculentos de Días Ordaz y Echeverría. Las mentiras lacrimógenas de López Portillo. Y después, los cuentos neoliberales que prometieron el primer mundo y dejaron 50 millones de pobres. Como cereza en el postre: las mentiras hipócritas de Fox, Martita y Calderón.

Y que tal nuestros médicos, abogados, contadores, burócratas, mecánicos, artesanos, albañiles, carpinteros… Todos tenemos testimonio de sus mentiras.

Y si hablamos de publicistas y anunciantes, la cosa se pone grave de tantas mentiras: aguas chispeantes que solo causan obesidad, marranillas alcohólicas que deforman el rostro y la conducta, medicamentos milagro cuyo único principio activo consiste en vaciar bolsillos.

Y qué decir de nuestros medios: lo menos es que la imagen que proyectamos del país resulta imprecisa e inexacta.

Así que en México mentimos todos: el gobierno, la Iglesia, los ciudadanos, los políticos, los partidos, los maestros, los padres, los hijos, los profesionistas… Y hasta los defensores de los derechos humanos.

Desde luego hay excepciones: aquellos pocos que han tenido el valor de asumir su libertad, haciendo a un lado la mentira. Los que han abandonado el miedo a sus propias cárceles emocionales y han salido de los diversos clósets que existen en cada hogar.

Pero nada es para siempre. Y hasta ahora se mantuvieron a distancia del descrédito el Presidente y las fuerzas armadas. La novedad es que ahora el océano de falsedades ha inundado la República y le ha llegado al cuello a todas las autoridades. Solo queda aferrarse al único salvavidas: decir la verdad y solo la verdad.

Así lo entendió el procurador Murillo Karam en Chilpancingo ante los padres de los desaparecidos. Su mensaje fue inequívoco: la verdad de los hechos sugiere que los muchachos están todos muertos.

Mientras tanto, los adictos a las mentiras se resisten a creerle. Pero al decir la verdad, Murillo fracturó el muro de la incredulidad.

No va a estar fácil, pero a estas horas de la noche de Iguala, no hay de otra.

Y por ahí debemos de seguir todos. Solo la verdad nos ayudará a salir de esta crisis.

alvalima@yahoo.com