Heterodoxia

Maoístas…

Hace cuarenta años, las facultades de Ciencias Sociales de la UNAM y de las universidades públicas del país estaban llenas de propaganda maoísta: revistas, películas, carteles y hasta horribles óperas chinas se veían y escuchaban.

Después de la represión del 68 pocos jóvenes querían saber de partidos o luchas electorales. Los izquierdistas de entonces dudaban entre unirse a la guerrilla o sumarse al trabajo campesino —como aconsejaba Mao— para aprender de ellos e integrarse así a la llamada lucha de masas. Para las mentes radicalizadas, que eran muchas, la moda estalinista estaba out. Lo in era el Chairman Mao.

El Gran Timonel, el Gran Líder, el Sol Rojo que ilumina nuestros corazones, ésos eran los títulos que adornaban la figura obesa del líder chino. Todos los demás seres humanos fuera de él teníamos un desarrollo político y un conocimiento de la historia inferior: por tanto, aprender de las masas y luchar desde la base social de pueblos y aldeas era la consigna.

Nikita Kruschev era un cerdo revisionista, Fidel Castro el falderillo soviético y el Che un peligroso aventurero. La única verdad se hallaba en el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse Tung. Solo en los versos sublimes del Pequeño libro rojo y en las enseñanzas de la Revolución cultural china se podía encontrar el verdadero camino: el Sendero Luminoso.

Cuando hoy escuchamos los monótonos cantos y las reiterativas consignas de la CNTE, en realidad estamos escuchando los ecos del maoísmo setentero. Igual cuando nos percatamos de su paciente y exitosa táctica: movilización-provocación-negociación (que algún agudo observador comparó con el primero y diez del futbol americano).

Volviendo a los años setenta: entonces, en contraste de lo que ocurre hoy, la cúpula del poder nacional veía con simpatía a los jóvenes maoístas. Comunas urbanas y brigadas campesinas recibían apoyos financieros y logísticos del gobierno federal. Incluso algunas direcciones de las secretarías de Obras Públicas y de Educación Pública estaban dedicadas a hacer realidad sus proyectos maoísta-campesinos. El presidente Echeverría los recibía en Los Pinos e interactuaba frecuentemente con ellos. La moda ideológica y la demagogia en boga era imitar a Mao.

Pero la influencia comenzó a decaer al final de la década. La muerte de Mao, la traición de su antiguo protegido Lin Biao y el apresamiento de la peligrosa banda de los cuatro, que incluía a la esposa del líder, trajeron un gran desprestigio a la causa China. El modernizador Deng Xiaoping prevaleció. La globalización y el neoliberalismo se encargaron del resto. El maoísmo declinó.

Así ocurrió en la UNAM, el Poli, Chapingo y demás semilleros marxistas. Solo en un lugar no ocurrió así. Ahí seguían y siguen hoy día, las enseñanzas del Gran Timonel: las 20 escuelas normales rurales.

La explicación es obvia: es el único sitio de enseñanza superior donde todos sus estudiantes son hijos y nietos de campesinos pobres y, por tanto, la identificación con el revolucionario chino es total.

Estos planteles son internados que mantienen reunidos de tiempo completo a sus miembros durante varios años, facilitando la integración y socialización de todos ellos en una sola causa: el socialismo revolucionario de base campesina y dirección magisterial.

Y es esa organización, arcaica y aparentemente fuera de lugar, la que se enfrenta a la reforma educativa calificada por estos maestros radicales de autoritaria.

Para algunos observadores, son estas peculiares circunstancias el verdadero nudo gordiano del conflicto magisterial y, por tanto, aconsejan astucia y paciencia para resolverlo.

Para otros impacientes, en cambio, la cosa es más sencilla: solo hay que utilizar un poco de fuerza y mucho dinero. Garrote y zanahorias.

¿Quiénes prevalecerán: los insumisos maoístas del México profundo o los impetuosos tecnócratas colmados de recursos?

Pronto lo sabremos…

(Muy afortunada la intervención de la Secretaría de Comunicaciones para detener el deterioro ecológico en la carretera Cancún-Playa del Carmen).