Heterodoxia

Lula y la FIFA, culpables…

En la opulencia de la popularidad que da un crecimiento sostenido de más de 5 por ciento y lograr desde la presidencia una impresionante redistribución del ingreso, Lula decidió dar a Brasil la gloria de organizar la Copa Mundial y las Olimpiadas. Tal decisión ha puesto en riesgo no solo el prestigio del país, sino la reelección de Rousseff.

El espectáculo más grande del mundo está en riesgo. Huelgas y manifestaciones organizadas por los que demandan salir de la desigualdad que viven en algunas ciudades del gigante sudamericano. Está claro que Brasil sufre una sorpresiva crisis de crecimiento económico que ha dejado grandes bolsas de inconformidad social.

Los aficionados que decidieron asistir al Mundial en Sao Paulo, la capital demográfica y económica del país, han vivido un infierno por el desquiciamiento total del transporte a causa de la huelga de los trabajadores del Metro y, aunque los trenes han vuelto a funcionar, nadie sabe qué ocurrirá en las próximas horas. La incertidumbre ronda la ciudad.

Sería inexacto e injusto culpar a Dilma Rousseff y a su gobierno por los problemas que agobian al país. Ella, a pesar de ser distante aficionada futbolera, ha hecho lo posible por resolver los problemas que heredó. Más bien la responsabilidad recae sobre Lula por haber aceptado y luego trasladado a Dilma la papa caliente que significó organizar una Copa del Mundo en época de crisis.

Hace años, en la opulencia de la popularidad que da un crecimiento sostenido de más de 5 por ciento y haber logrado desde la presidencia una impresionante redistribución del ingreso, el antiguo dirigente sindical cayó seducido por los cantos de las sirenas y decidió, sin medir consecuencias, dar a Brasil la gloria de organizar la Copa Mundial y las próximas Olimpiadas. Los problemas que han acarreado tales decisiones poco meditadas han puesto en riesgo no solo el prestigio del país, sino la reelección misma de Rousseff.

Pero la responsabilidad mayor de todo este lío recae en las espaldas de la FIFA, que ha buscado ganar la mayor cantidad de dinero a costa del gasto público de un país con finanzas limitadas y, al mismo tiempo, exprimir el bolsillo de millones de incautos y entusiastas aficionados.

La FIFA debió prever que sus exigencias sobre la dimensión y las características de las infraestructuras futboleras causarían serios problemas sociales en un país que no ha satisfecho las necesidades educativas, sanitarias y de movilidad. Pero ya se ha visto en otros momentos que si hay una organización ciega y sorda ante las realidades políticas y sociales de los países donde se juega la mayoría del futbol —América Latina, África y Asia—, ésa es la FIFA.

Que si hay algunos funcionarios insensibles y prepotentes, ésos son los dueños de la FIFA. Que fue precisamente su actitud arrogante ante los medios brasileños la que prendió la chispa que incendió la pradera de la inconformidad popular. Sus inoportunas declaraciones criticando la calidad de las infraestructuras y el tiempo de entrega acabaron por exasperar a lectores y espectadores ofendidos que decidieron rechazar el gasto futbolero y la misma presencia de los europeos que comandan la federación.

Es un hecho que el Mundial se llevará a cabo porque el gobierno brasileño hará lo necesario para lograrlo, como es un hecho también que no alcanzará la calidad organizativa de lo realizado en Sudáfrica, Alemania o México. También lo es que, tan pronto termine el Mundial, buena parte de la afición y algunos gobiernos exigirán una reorganización de las próximas Copas Mundiales.

El futbol se ha convertido en un espectáculo deportivo y político demasiado importante como para que se maneje bajo criterios miopes de codicia. Por tanto, en la agenda del futuro cercano estará la revisión de la ética que gobierna al futbol.

Otras organizaciones internacionales viven esta amarga experiencia de rechazo cuando se convierten en elefantes burocráticos que solo ven por sí mismos. Es el caso del Fondo Monetario Internacional, el Vaticano, el Parlamento Europeo y aun las Naciones Unidas. Todas ellas experimentan, como la FIFA, una crisis de legitimidad causada por su distanciamiento de los propósitos con que fueron fundadas.

Por tanto, es de esperarse que pronto surgirán los valientes que asaltarán el, hasta hoy, inexpugnable castillo suizo de la FIFA y expulsarán de ahí a los mercaderes.

Mientras esto ocurre, le deseamos suerte a El Piojo y sus pupilos.

alvalima@yahoo.com