Heterodoxia

Lázaro Cárdenas "vs." Abelardo Rodríguez…

¿Cómo querrán ser recordados el gobierno, los diputados y senadores que tienen ante su conciencia aprobar o no la nueva ley de juegos? Como don Lázaro Cárdenas o Abelardo Rodríguez.

Una nueva amenaza pende sobre la República. Ahora promovida, inexplicablemente, desde algunas esferas del gobierno: la ley de juegos y sorteos que, con el propósito de regular, en realidad propiciará el negocio del juego y los casinos.

¿Que no resulta obvio que la adicción al juego junto con el alcoholismo, el tabaquismo y la drogadicción son patologías sociales que deben desalentarse enfáticamente?

¿Que no son suficientes las vidas destrozadas por el alcohol, el tabaco y la cocaína para agregar ahora las atormentadas por la codicia y la ludopatía?

¿Que no es evidente que en los países desarrollados el juego está limitado a zonas cuidadosamente seleccionadas, como Las Vegas, Atlantic City, Montecarlo, o algunas reservaciones Indias?

¿Que no está plenamente documentada la presencia del crimen organizado
—Hollywood lo ha hecho reiteradamente— en el negocio del juego?

¿Que no han sondeado los diputados la opinión de la sociedad sobre la permisividad del gobierno hacia los casinos?

¿Que no la corrupción que agobia al PAN se inició con su involucramiento en las autorizaciones de los casinos?

¿Que no son ya suficientes los errores cometidos por políticos apresurados, ingenuos o corruptos?

¿Que no hay otras legislaciones más importantes que la que propicie la extorsión “legal”?

¿Que no basta con los más de 50 muertos en el casino Royal de Monterrey?

¿Que no hay quién informe a los políticos que el techo que protege a los buenos ciudadanos se cae a pedazos y que no es conveniente sacudirlo más?

¿Que no se dan cuenta los administradores a cargo de la gobernabilidad que el horno no está para bollos?

¿Que tiene que decir de la permisiva ley el flamante comisionado contra las adicciones?

Muchos de los lectores y desde luego quien esto escribe, hemos jugado poker en casa, asistido a peleas de gallos y visitado Las Vegas, participando, sin mayores consecuencias, en la vorágine de las apuestas. Pero los que lo hemos hecho ocasionalmente, sabemos que el juego practicado habitualmente puede convertirse en una pasión compulsiva, destructora de la sobrevivencia económica de individuos, parejas y familias.

Son un dato duro, por ejemplo, los millones de personas de la tercera edad, que en México, Europa y Norteamérica resultan presas en los paraísos artificiales de las máquinas tragamonedas. Obsesión que las esclaviza, al grado de obligarlos a dejar ahí, alucinados, todos los días, buena parte de su pensión y su estabilidad emocional.

O también, basta entrar a la red y marcar ludopatía para conocer la potencialidad destructiva que tiene el juego. Vicio que no distingue edad, género o condición social.

Ya sabemos que los problemas de adicción no están fuera del ser humano —en el alcohol, las drogas o las barajas—, sino que yacen en su interior, en sus emociones descontroladas, en sus miedos, ansiedades, resentimientos… Pero también sabemos que el acceso a las sustancias y a las actividades adictivas no debe facilitarse y que es función del gobierno propiciar mejores condiciones para la salud y la seguridad pública y no promover su deterioro.

Y ese es precisamente el tema:

Las zonas de juego vivo, quizá atractivas para el turismo, deben limitarse en algunas poblaciones del país, en costas lejanas de los grandes centros urbanos o en ciudades fronterizas. Facilitar el acceso al juego en todo el territorio traerá más desgracia y tragedias innecesarias a un país ya abrumado por ellas.

Recordemos que fue Abelardo Rodríguez, primero como gobernador de Baja California y luego como presidente interino de la República, quién introdujo los grandes casinos al país. Que está documentado que lo hizo asociado con la mafia norteamericana. Y también, que de esa asociación política mafiosa surgió la narcopolítica que ahora nos agobia.

Recordemos también que fue Lázaro Cárdenas quien prohibió el juego como su primera medida de gobierno. Y que lo hizo tanto para expulsar a la mafia norteamericana del poder político de México, como para proteger a una sociedad desvalida de riesgos insalubres.

¿Cómo querrán ser recordados el gobierno, los diputados y senadores que tienen ante su conciencia aprobar o no la nueva ley de juego?

¿Como el homenajeado don Lázaro que prohibió el juego, o como el repudiado Abelardo que lo promovió?

Pronto lo sabremos.

alvalima@yahoo.com