Heterodoxia

¿Izquierda o derecha?...

En El Salvador, Colombia y México las posiciones extremistas y sobreideologizadas están en retirada. La población exige programas que atiendan rezagos sociales, propicien el crecimiento, generen empleos y detengan la inseguridad.

Desafortunadamente hemos vivido de espaldas a América Latina.

Nuestra atención, intereses y emociones han estado mucho más pendientes de Estados Unidos que del resto del continente. Con esa mezcla de amor y odio, de envidia y admiración que nos une a los de ese país. En un matrimonio sin divorcio posible, como alguien dijo.

Pero nuestra América Latina cada vez adquiere más interés. Ahora, el drama venezolano atrae la atención de la opinión pública. Quizá porque la grotesca conducta de Maduro nos recuerda a los demagogos sobreactuados que padecimos hace tiempo.

Los histéricos llamados al patriotismo nacionalista, la corrupción e ineficiencia que llevó a la quiebra económica y la represión estudiantil que México vivió el siglo pasado ahora se repiten en Venezuela ante nuestros ojos.

La pésima y previsible película chavista, nosotros ya la vimos hace cuarenta años: el boom petrolero, la megalomanía caudillesca, el despilfarro, la quiebra y la guerra sucia ya pasaron por aquí. De ahí la impopularidad de la pantomima bolivariana en nuestro país.

En tal entorno, es deseable que nuestra diplomacia encuentre la fórmula para lograr mayor densidad en el escenario internacional, porque hemos dado la impresión, a pesar de nuestra importancia estratégica, de haber perdido estatura ante la dictadura cubana y la crisis venezolana.

Mientras tanto, la vida sigue y los últimos días ha cambiado el rostro político de dos países importantes para México: Colombia y El Salvador.

En Colombia se inició el relevo del poder con las elecciones para elegir senadores y diputados. Ahí, en esos comicios celebrados el domingo pasado, se escenificó una espectacular batalla entre dos antiguos aliados: el presidente Santos y el ex presidente Uribe. Esta agria disputa, entre dos voluminosos egos, puso a prueba la fortaleza de las instituciones democráticas colombianas que, hasta hoy, han salido bien libradas de la contienda sin cuartel entre dos antiguos hermanos. La anhelada paz colombiana que se dio durante los comicios indica que, por fin, los colombianos violentos —de todas las ideologías— parecen haber puesto de lado sus instintos agresivos y han decidido usar las vías civilizadas para acceder al poder.

Así, el mapa político colombiano se modificó con el sorpresivo crecimiento en el congreso del nuevo partido de Uribe: el Centro Democrático. Seguramente el interés por el debate parlamentario aumentará y las diversas fuerzas políticas harán su mejor esfuerzo para ganar las disputas en una tribuna parlamentaria que será interesante y competida.

Por lo pronto la coalición que sostiene al presidente que ha permitido la gobernabilidad y el proceso de paz con las FARC se ha encogido. Sigue siendo mayoría, pero sus alianzas son inestables. La oposición, que es minoría, en cambio, ha recibido una buena dosis de combatividad con la presencia del senador Uribe.

En El Salvador ocurrió algo insólito: los electores se dividieron milimétricamente en dos mitades casi iguales y le indicaron así a los políticos —antiguos combatientes de derecha e izquierda todos ellos— que quieren gobiernos que concilien. Que no polaricen más  la sociedad. Que si desean gobernar en paz y con eficacia, lo tienen que hacer para todos y tomando en cuenta todas las voces y todos los intereses.

En El Salvador, como en Colombia y México, las posiciones extremistas y sobreideologizadas están en retirada. La población exige programas realistas que, al mismo tiempo que atiendan los graves rezagos sociales, propicien el crecimiento, generen empleos y detengan la inseguridad. Donde los buenos resultados tomen la palabra y se deje atrás la inútil demagogia hueca que ha caracterizado nuestras tragicomedias políticas.

La época de los caudillos iluminados, del regodeo con los resentimientos de los marginados y de las propuestas fantásticas parece estar a la baja en nuestra región. Ya era hora.

Por lo pronto, en Colombia y El Salvador, países azotados por la violencia endémica, parece consolidarse la democracia incluyente.

Enhorabuena.

alvalima@yahoo.com