Heterodoxia

Humildad…

Tampoco se trata de rendir la plaza de la legitimidad y la legalidad. No. Pero un poquito de humildad y prudencia ayudará para abordar el fenómeno de ciudadanos armados y organizados en policías comunitarias.

No importa el color del gato,
sino que cace ratones:
Proverbio chino

Reina la confusión: todos parecen haberse hecho bolas al ser sorprendidos —sin instrumentos teóricos ni información precisa— sobre las enigmáticas autodefensas michoacanas.

La sorpresa solo es comparable con la experimentada hace ya veinte años, cuando el subcomandante Marcos irrumpió en la plaza de San Cristóbal armado con un curiosos disfraz y un discurso marxista-indigenista nunca antes visto ni oído.

Guardadas las proporciones, el sub Marcos y el doctor Mireles han cumplido el mismo papel: correr sorpresivamente la cortina para mostrar un escenario verídico que —inexplicablemente— ningún teórico, analista o reportero había previsto.

Quitaron los lentes oscuros a espectadores ciegos ante evidencias del tamaño de catedrales. En el caso de Chiapas, la insurgencia armada de indígenas hartos por siglos de silencio e injusticia. En Tierra Caliente, Michoacán, la rebelión de miles de rancheros y lugareños cansados y encabronados por la extorsión y el abandono.

Ante este último hecho sorprendente: miles de ciudadanos en armas, organizados precariamente, pero con una absoluta determinación para expulsar y eliminar a los delincuentes de sus comunidades; las reacciones del gobierno, los comentaristas y los corresponsales han ido de la sorpresa a la confusión y a la tímida comprensión.

Las más sinceras, quizá, han sido las del general colombiano Naranjo, experto en seguridad, y también las del ombudsman Plascencia. El primero, ante su fracaso para explicar el caso Michoacán con las herramientas colombianas de los 80, optó por la renuncia como consejero presidencial. El segundo, ante la ausencia de elementos de juicio frescos y objetivos, prefirió viajar a la zona de conflicto para ver directamente los rostros y oír las voces de los agraviados.

Otros han sido menos prudentes y precavidos. Los más desacertados son los ortodoxos discípulos de Maquiavelo, Hobbes y Weber, que han reclamado enfáticamente que el gobierno recupere el imaginario monopolio legítimo de la violencia que supuestamente posee allá y aplaste militarmente a los ciudadanos insurgentes.

Ni el obispo Abad y Queipo, hace 200 años, fue tan radical contra los independistas que también se levantaron en armas contra el imperio español en esa misma Tierra Caliente.

Afortunadamente, el gobierno federal y las fuerzas armadas apostadas en Michoacán han mantenido la prudencia y hecho caso omiso a los llamados a la sangrienta represión, urgidos por los radicalizados teóricos monopolistas.

Más sensatos han sido los reporteros que han buscado hacer su trabajo en el lugar de los hechos, recogiendo testimonios de los rebeldes michoacanos y, desde luego, del comisionado Castillo y el gobernador Vallejo, que ya han iniciado los primeros contactos y acuerdos con ellos.

De alguna ayuda, para entender el caso Michoacán, podría convenir releer, en estos días de confusión, algunos relatos sobre nuestra Independencia y Revolución: ¿por qué el sacerdote Miguel Hidalgo actuó tan violentamente contra los gachupines, a pesar de tratarlos y convivir con ellos? ¿Por qué se hizo acompañar, en sus correrías militares, del torero Agustín Marroquín, experto en matar reses, pero más hábil aún en el encargo de apuñalar españoles?

O también, ¿por qué no revisar cuáles fueron los términos de los acuerdos entre el pacífico y soñador apóstol de la democracia Francisco I. Madero y asesinos consumados como Pancho Villa y Rodolfo Fierro?

Mucho ayudará al gobierno y a los medios actuar con prudencia y humildad ante el caso Michoacán, el caso Guerrero y también ante el asunto magisterial de Oaxaca. Como ocurrió con Chiapas en 1994, las herramientas de análisis y los protocolos de acción para estos casos, de insólita rebelión, tienen que ser revisados a la luz de hechos con pocos precedentes. Las reacciones convencionales y los conceptos academicistas o ideológicos no ayudan.

Tampoco se trata de rendir la plaza de la legitimidad y la legalidad. No. Pero un poquito de humildad y prudencia ayudará para abordar el fenómeno de ciudadanos armados y organizados en policías comunitarias.

¿O son autodefensas paramilitares?

Quizá un poco de todo.

alvalima@yahoo.com