Heterodoxia

Dilema…

México y los países en la Cuenca del Pacífico y Brasil tratarán de mantenerse sobre la cuerda que obliga a respetar los procedimientos democráticos y derechos humanos. Después de la Independencia, estamos ante dos Américas Latinas y dos diferentes maneras de resolver el dilema: ¿más Estado o más sociedad?

La conciencia y la inteligencia mexicanas han vivido, desde la Independencia de España, ante un gran dilema: seguir el ejemplo norteamericano que fortalece los derechos individuales frente al Estado o continuar la inercia latina que enfatiza el derecho del Estado sobre los intereses de los individuos: ¿más Estado o más persona?

Los mexicanos del siglo XIX encabezados por Benito Juárez, que ganaron la Guerra de Reforma y la tribuna parlamentaria a los conservadores, no dudaron: optaron por el liberalismo que venía del norte y se decidieron por los derechos individuales. Alumbraron la sociedad civil, separando la Iglesia del Estado. Legislaron sobre la libertad de conciencia y exaltaron todos los derechos humanos.

Años después, los excesos del liberalismo egoísta y del autoritarismo porfiriano, más la sumisa entrega de los recursos naturales a los inversionistas foráneos, llevó el péndulo ideológico al otro extremo.

Así, los constituyentes de 1917 tampoco dudaron: conservaron lo mejor del liberalismo, pero acotaron las libertades individuales en el terreno de la propiedad y del usufructo de los recursos naturales. E innovaron, convirtiendo en leyes los derechos sociales: a la educación gratuita, a la organización sindical, al derecho a la tierra, y rescataron la propiedad de los recursos naturales para la nación.

Heredamos así una síntesis que resultó de aquella mezcla de garantías individuales y derechos sociales que se mantuvo en nuestra Constitución durante más de 100 años, aunque —bien sabemos— siempre manipulada por la presidencia imperial.

Ahora, aunque el panorama ha cambiado un poco y la hegemonía norteamericana se ha debilitado, parece que hemos decidido seguir ese mismo camino doble de siempre: por una parte, como miembros del Nafta, cada vez nos integramos más —económica, tecnológica y ahora energéticamente— con Estados Unidos y Canadá. Pero también permanece la conciencia de que, cultural y demográficamente, tenemos intereses diferentes a los de las empresas y los partidos políticos norteamericanos.

Por tanto, nuestros gobiernos tienen la difícil doble tarea de mantener la apertura a la ideología y los intereses norteamericanos y, al mismo tiempo, fortalecer a la nación a través del financiamiento de un robusto gasto público que garantice la soberanía y atempere las desigualdades.

Y así, como en México, está ocurriendo lo mismo en el resto de América Latina, donde los gobiernos ubicados en el centro ideológico —México, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Chile y Brasil, lo tienen claro: mantener un precario equilibrio entre las presiones del capitalismo global y la satisfacción de las crecientes demandas sociales.

Mientras tanto, en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y Cuba, poco a poco, también se va aclarando cuál será el camino que la izquierda latinoamericana ha elegido. Se trata también de aceptar vivir en un capitalismo de libre mercado, tratando de mantener algunos subsidios sociales gubernamentales. Ya parece claro a los políticos izquierdistas que gobiernan esos países que los absurdos caminos de las antiguas economías planificadas al estilo de la Unión Soviética son experimentos fallidos que solo generan pobreza y riesgo de quiebra para las finanzas públicas.

Lo que todavía sigue siendo una asignatura pendiente en esos gobiernos es la falta de legislaciones democráticas que propicien la participación y descentralización de la sociedad. Más bien existe lo contrario: autoritarismo y represión.

Por tanto lo que vemos en el futuro cercano de los países con gobiernos izquierdistas de la región es el surgimiento de capitalismos de mercado, con fuerte tutelaje del Estado y decreciente democratización. Sistemas más parecidos a lo que vemos en China —capitalismo autoritario— que a lo que ocurre en la democrática Europa o Norteamérica.

Mientras tanto, México y los países agrupados en la Cuenca del Pacífico y en Brasil seguirán tratando de mantenerse firmes sobre la cuerda floja que obliga a respetar los procedimientos democráticos y los derechos humanos, al mismo tiempo que fortalecen un Estado con vocación social.

Doscientos años después de la Independencia, estamos así, ante dos Américas Latinas y dos diferentes maneras de resolver aquel gran dilema: ¿más Estado o más sociedad?

alvalima@yahoo.com