Heterodoxia

Desgracia…

Hay quien afirma que un número elevado de mexicanos nunca ha apreciado la democracia ni la libertad, porque prefiere  los gobiernos autoritarios, que les garantizan subsidios y corrupción.

Estos escépticos sostienen su dicho apoyados tanto en hechos históricos como en estadísticas recientes.

Por lo que se refiere al pasado, es harto conocido el dato de que durante la Colonia (300 años), así como en el México independiente (185 años), la constante política fue caracterizada por gobiernos autoritarios dominantes de acobardados sometidos.

Es bien sabido también que los periodos democráticos y libertarios de nuestro pasado han sido pocos y siempre terminaron en una violenta regresión. Así ocurrió con el gobierno de Juárez y también con el de Madero.

Ambos momentos luminosos, bien aprovechados para mostrar el pluralismo y la diversidad de opiniones que se vive bajo la capa de aparente unanimidad del país, fueron sepultados, uno por la voluntad autoritaria de Porfirio Díaz y, el otro, por la violencia de la Revolución y la aplastante presencia de los caudillos triunfantes.

En el México moderno, a raíz de la fundación del IFE, hace cerca
de veinte años, ha florecido una incipiente democracia electoral y una creciente libertad de expresión. Aunque, desde luego, no han faltado denuncias sobre manipulación indebida ni tampoco rumores recientes de sorda represión a la libertad de expresión.

Sin embargo, hasta el día de hoy, las grandes formaciones políticas y los medios han decidido conducirse bajo las reglas de la democracia electoral y han hecho uso de los amplios espacios de libertad. Saben además que la observación internacional independiente y las libérrimas redes sociales harían difícil, ante denuncias bien sustentadas, un intento al regreso del horrendo pasado autoritario del país.

Por lo que se refiere a los análisis demoscópicos: el Latinobarómetro de este año ha medido en solo 37% el número de mexicanos que prefiere la democracia a otra forma de gobierno. Y a solamente el 21% de nuestros connacionales la satisfacción con sus resultados.

El punto más alto de gusto por la democracia se dio en 2002 durante el foxismo, entonces 63% de los ciudadanos apreciaba los valores democráticos. Pero, desde ese momento, gracias a los pésimos gobiernos de la transición, el índice no ha hecho más que caer.

Algunas preguntas válidas después de los datos mencionados serían:

¿Ha decrecido la valoración sobre la democracia y las libertades también en las nuevas generaciones?

¿Cómo se distribuye la vocación democrática en las diferentes regiones del país?

¿Cuál es la correlación entre vocación democrática e ingreso económico?

¿Qué razones o motivaciones están detrás del desprecio a la democracia y la libertad?

Todas estas respuestas nos pueden ayudar a descubrir si el futuro del país será, como piensan muchos de manera lineal, cada vez más democrático y liberal. O, quizá, como temen los escépticos de nuestro ADN democrático, condenado a repetir el pasado autoritario.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que nos depara el futuro, pero la violencia presente en muchas partes del país, la escandalosa impunidad y la lamentable opacidad de las finanzas públicas no son una buena señal. Tampoco mueve a la esperanza la creciente presencia de organizaciones populares autoritarias —socialfascistas— como la CNTE y la CETEG o de aquellas que mezclan política y delito como Los Caballeros Templarios y La Familia michoacana.

Parece una desgracia, pero lo cierto es que la vida del país y sus ciudadanos cada vez se complica y dificulta más. Y el miedo inclina también a las personas a descreer de las soluciones democráticas.

Así que:

¿Habrá alguna salida para este oscuro laberinto? ¿O estamos condenados a regresar al pasado autoritario a causa de nuestra inseguridad y cobardía?

alvalima@yahoo.com