Heterodoxia

Crisis…

México ha dejado de creer. Después de siglos de credulidad, quizá hasta un alarmante grado naif, ha ocurrido una crisis de fe en todos los temas y personajes.

Para algunos se trata de un proceso natural de maduración de la sociedad. Porque, así como los individuos, los agrupamientos humanos también atraviesan por periodos de duda, donde creencias arcaicas e infantiles se desvanecen, y es cuando las personas entran en dramáticos periodos de confrontación con antiguas certidumbres.

Pero para otros —en cambio— el drama de incredulidad que vivimos por estos tiempos en el país es algo mucho más inquietante y peligroso. Porque su raíz es el enojo y puede no tener el final feliz habitual de los procesos normales de desarrollo y crisis de crecimiento.

Parece claro que el detonador de todas estas dudas, divisiones y rechazos ha sido la puesta en marcha, en este siglo, de los nuevos procesos electorales.

Como han dicho algunos viejos escépticos con enorme simplismo: al país se le atragantó la democracia y mientras no la procese y digiera, estará dominado por la ansiedad y la desesperación.

Esta afirmación y otras parecidas que andan por ahí aparecen como diagnósticos superficiales e incompletos, pero tienen mucho de verdad.

Lo cierto es que, más allá de los opulentos círculos políticos, donde reina la abundancia, la corrupción y la impunidad, en el México real, el del transporte público, los mercados, las antesalas del Seguro Social, las fábricas y los pueblos hay una gran desilusión: la democracia no ha sido una buena noticia y muchos empiezan a dudar de ella.

Y suena lógico. Si las personas han empezado a perder la fe en los sacerdotes, las imágenes, los mitos y los héroes y a cambio reciben chatarra ideológica, despensas paupérrimas, futbol fraudulento, inflación, desempleo juvenil, bloqueos y balaceras, se puede entender el encabronamiento.

Es triste aceptarlo, pero es una realidad: la política y los políticos han desilusionado a la mayoría.

Y esta desilusión la han propiciado todos por igual: los ganadores, los perdedores, los árbitros, los jueces, los burócratas, los líderes, los maestros… Muchos, quizá los más miran preocupados cómo la esperanza de mejorar se esfuma, mientras el país pierde el rumbo y ya queda muy poco dónde apoyarse para tomar impulso o simplemente descansar.

Es un momento difícil, porque las reformas prometidas no han concluido su legislación y la que ya se procesó, la educativa, ha creado más problemas que soluciones, lo mismo que la fiscal, que verá la luz en pocas horas y que ha irritado a la mayoría.

Así que, si la democracia no ha traído prosperidad, la religión ya no consuela —remember Maciel— y hasta la selección nacional avergüenza, ¿qué queda? La verdad muy poco.

También se engañan los eternos ilusos de que la esperanza vendrá por la izquierda. Para los jóvenes irritados de hoy el regreso al México nacionalista y revolucionario de los setenta suena ridículo. En un mundo de redes globales, preferencias múltiples y estímulos alucinantes, las remembranzas de Juárez, Cárdenas y Echeverría se oyen como un viejo corrido y se ven como una película en blanco y negro: lenta, irreal y desechable. De tal manera que el discurso izquierdista tradicional ha terminado por aburrir.

Los jóvenes de hoy, más que añorar un pasado imposible, ven y temen un futuro negro, caótico y violento.

El malestar cunde. Antiguos remansos de paz como Cancún, La Paz o Xalapa hoy viven agitados por la insurgencia magisterial, junto a los caóticos Michoacán, Guerrero, Oaxaca o Chiapas.

Nadie pagará de buen grado más impuestos mientras Moreira y otros que endeudaron y robaron a sus estados vivan en la opulenta impunidad.

Para los pobres y los medianos han sobrado promesas, mentiras y cinismo. Y ya está agotada la serenidad, la reflexión y la paciencia.

Es en esta circunstancia cuando muchos ya no creen en nada ni en nadie, que puede salir lo mejor o lo peor del país. Está abonado el camino para cultivar el resentimiento y la fantasía.

Materia prima del autoritarismo fascistoide.