Heterodoxia

Crisis Humanitaria…

Como decían las abuelitas claridosas: en esta crisis humanitaria, Estados Unidos está bebiendo una taza caliente de su propio chocolate.

Muchos concluyen que 60 mil niños sin compañía, hacinados en antiguas instalaciones militares, enfermos y estresados, constituyen la mayor tragedia humanitaria que ha vivido Estados Unidos en su territorio.

El origen de este problema es multifactorial —como dicen los académicos para no entrar en detalles—, pero sin duda la debilidad económica e institucional de los estados centroamericanos es la causa fundamental. Efectivamente, la enorme emigración centroamericana hacia Estados Unidos ocurre por la falta de oportunidades de educación, empleo y seguridad para las familias que ahí habitan.

Los gobiernos de esos países, con la excepción de Costa Rica y Panamá, están constituidos por militares golpistas o ex revolucionarios marxistas aferrados al poder, dedicados a la corrupción y al exterminio de sus antiguos enemigos. Así que Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua son Estados fallidos donde el dilema para muchos es simple: emigrar o convivir con el hambre y la muerte.

Y Centroamérica está así, tanto por la bajísima calidad de sus líderes como por las constantes intervenciones estadunidenses en su vida política. Todos estos países han sufrido guerras civiles alentadas por las agencias de inteligencia estadunidenses.

Justamente en estos días se cumplen 60 años del derrocamiento en Guatemala de un gobierno electo democráticamente, llevado a cabo por militares golpistas, financiados y organizados por la CIA.

La historia de este crimen contra la democracia guatemalteca está perfectamente documentada y ha sido desclasificada recientemente de los archivos estadunidenses. En estos papeles se relata cómo el presidente Eisenhower autorizó a John F. Dulles, secretario de Estado, y a su hermano Allen Dulles, director de la CIA, derrocar por cualquier medio, legal o ilegal, a Jacobo Árbenz, presidente legítimo de Guatemala, quien se había atrevido a expropiar terrenos de la bananera estadunidense United Fruit Company para su programa de reforma agraria. Árbenz, además, había cometido el grave pecado, para los estadunidenses, de rodearse de consejeros marxistas (entre ellos, la economista peruana Hilda Gadea, primera esposa del Che Guevara, con quien el argentino procreó una hija por esos años en Guatemala).

La historia del golpe se inició con el reclutamiento por parte de la CIA de un general desafecto al régimen —Carlos Castillo Armas— y de la compra, mediante sobornos, de la voluntad de otros militares en activo. La CIA, además, habilitó una hacienda en Nicaragua, propiedad del dictador Somoza, y la convirtió en cuartel de entrenamiento para los golpistas y pista de despegue para los aviones invasores.

Así, en junio de 1954, Castillo Armas invadió Guatemala por tres diferentes puntos. Los militares y trabajadores leales al gobierno resistieron el ataque y pusieron en duda su éxito. Ante estas dificultades la CIA utilizó aviones bombarderos Thunderbolt pilotados por mercenarios, pero que solo poseían la fuerza aérea estadunidense. Tres de ellos despegaron desde Nicaragua para bombardear el Palacio Nacional de Guatemala y el aeropuerto de la ciudad. Esto ya fue demasiado para Árbenz, quien se sintió perdido al saberse atacado por el mismo Estados Unidos. Renunció apresuradamente, se refugió en la embajada mexicana para salvar la vida y después huyó a Suiza, de donde era su padre.

Los militares golpistas asumieron el poder y suprimieron todas las leyes de contenido social que habían impulsado tanto Árbenz como su antecesor Juan José Arévalo para intentar sacar a Guatemala de la miseria. Es un hecho que desde esa fecha hasta la década de los noventa Guatemala, así como El Salvador, Honduras y Nicaragua, padeció una intermitente guerra sucia entre derechistas e izquierdistas, cuyas víctimas fundamentales han sido los civiles pobres.

Así que los ineficientes gobiernos de esos países tienen como origen no solo las fallas estructurales de sus sociedades, sino también la violencia engendrada en las intervenciones estadunidenses.

Por tanto, como decían las abuelitas claridosas: en esta crisis humanitaria, Estados Unidos está bebiendo una taza caliente de su propio chocolate.

alvalima@yahoo.com