Heterodoxia

Copiloto…

Para algunos, Andreas Lubitz fue un loco; un desequilibrado que asesinó a 150 personas sin saber lo que hacía.

En cambio, para otros se trató de un terrorista que mató fríamente para vengar quién sabe qué agravios políticos o religiosos.

Finalmente, para una minoría escéptica, se trató de un mensajero que dejó un recado implícito en su sacrificio.

¿Y qué quiso decir Andreas a sus contemporáneos, según esta versión?

“Yo Andreas, rechazo con mi vida y con la de los que están a mi cargo, los valores que trataron de inculcarme. Desecho la obsesión por el éxito profesional; la pasión consumista y el laicismo bonachón. Rechazo la hipócrita corrección política; el neurótico afán competitivo; los efímeros placeres sensoriales y las bobaliconas satisfacciones compasivas.

“Lo único que me satisface es la muerte. Única y auténtica liberación, a la que quiero llegar por el método más cercano y fácil, sin importar las consecuencias para otros. Porque si Dios no existe —como aseguran— todo está permitido”.

La acción criminal, inexplicable para algunos. No lo es para otros, que entienden el suicidio de Andreas como un subproducto lógico de la historia reciente de Europa; heredera de ideologías asesinas y refugiada ahora en el materialismo egoísta. Y el hedonismo solitario. Por lo que, aseguran estos mismos escépticos, los escapes necrofílicos continuarán, y otros lo harán a través de conductas cada vez más insólitas.

Andreas, desde ese punto de vista, encarna el fracaso de los valores impulsados por el rico y ensoberbecido primer mundo. Es la negación, por la vía del suicidio, de la democracia electoral, del liberalismo social, de la fraternidad laica y del estado de bienestar.

Es la culminación de la soberbia. La evasión nihilista, herencia lógica del nazismo y el estalinismo.

¿Se trata de un caso aislado? ¿O más bien revela un fenómeno de desilusión juvenil creciente?

Nadie lo sabe.

(Cuando el piloto, según la grabación, le gritó al copiloto: “¡Andreas, por el amor de Dios, abre la puerta!”, hizo un llamado hueco. Porque desde hace dos siglos en Europa las mayorías mataron a Dios. Así que el copiloto no encontró ningún estímulo para abrir y fríamente pulsó el botón del descenso).

alvalima@yahoo.com