Heterodoxia

China…

En los últimos veinte años, China se ha convertido en la fábrica del mundo. Ahí se produce buen número de los artículos que el resto consumimos. La marca Made in China está en todas partes. El gigante asiático es también la locomotora de la economía mundial. Con un crecimiento cercano a 10 por ciento anual es, con mucho, el comprador más importante de materias primas en África, Asia y América Latina. Tiene además la mayor cantidad de reservas monetarias, por lo que el equilibrio financiero del globo está en sus manos.

Pero China también es una dictadura política, que gobierna mediante el terror policiaco y donde la opulencia corrupta de las minorías hace contraste con las enormes masas de laboriosos trabajadores que no cuentan con libertad para expresarse ni para organizarse.

Un país contaminado y sobreindustrializado por grandes inversionistas de todo el mundo que explotan, con salarios miserables, a cientos de millones de trabajadores robotizados.

Por tanto, los cambios anunciados hace días por la cúpula gobernante China y que transformarán a la sociedad de aquel país tienen una doble lectura:

Para los chinos, sin duda, es una buena noticia que a partir de ahora podrán tener hasta dos hijos. Para muchos jóvenes fuera de China, sin embargo, será una sorpresa saber que, hasta hoy, las parejas solo podían tener un hijo, so pena de ser severamente castigados.

Los cambios anunciados también serán un alivio para los cientos de millones de campesinos pobres, ansiosos por emigrar a las grandes ciudades para mejorar su ingreso. A partir de ahora podrán solicitar su cambio de domicilio, mas no a las enormes y opulentas megalópolis, sino solamente a los pequeños y medianos centros urbanos. Será otra sorpresa para quienes no conozcan China: hasta hoy, los chinos no pueden decidir dónde vivir, todos poseen un pasaporte interno otorgado por el gobierno, donde se indica claramente el lugar de trabajo.

Otro cambio importante se refiere al cierre paulatino de los centros de reeducación, que no son sino horribles campos de concentración donde el gobierno puede recluir, aún hoy en día, sin mayor trámite, a cualquier persona sospechosa de pensar o manifestar algo diferente a los credos oficiales.

También la cúpula China acordó reducir el número de condenados a muerte, que, según algunas ONG, asciende a varios miles al año. Las condenas son aplicadas después de rápidos juicios con escasos recursos defensivos. Se sospecha que muchas sentencias han caído sobre disidentes políticos y creyentes religiosos.

Por lo que se refiere a la economía, los cambios se encaminan a fortalecer, aún más, un mercado poderoso, cada vez más independiente del control gubernamental y cercano a la ortodoxia capitalista.

Transformar continuamente al gigante asiático forma parte del gran viraje iniciado por Deng Xiaoping en los ochenta, a fin de dejar atrás el empobrecedor diseño marxista-maoísta de la nación China e iniciar el pragmático camino hacia una próspera economía de mercado con reducidas libertades individuales.

Todos estos cambios, convenientes y loables sin duda, nos muestran también hasta dónde eran y son lamentables las condiciones económicas y sociales en que viven los chinos.

Por tanto, bienvenidos todos los cambios en China que alivien un poco el yugo autoritario en que viven sus habitantes y que, conforme avancen, seguramente también encarecerán el consumismo de quienes en todo el mundo, durante años, hemos pagado muy barato el trabajo casi esclavo de cientos de millones de chinos, adquiriendo productos que, en justicia, deberían costar mucho más.

Así que, nos guste o no, por el tamaño de la población, su enorme economía y poderoso ejército, todo lo que ocurra en China nos afecta.

Ante tales datos duros, lo mejor será colaborar y desear que la economía del gigante siga creciendo, que su sociedad mejore la calidad de vida y que también se democratice. Todo esto, desde luego, en los términos que los mismos chinos decidan.

Más nos vale…

alvalima@yahoo.com