Heterodoxia

Caliente…

En Uruguay, Brasil y Argentina, la moneda electoral está en el aire y nadie puede cantar victoria. Pero algo hay que dar por seguro: la protección y la influencia que la riqueza venezolana dio a la izquierda sudamericana ha concluido.

El ambiente político en América del Sur está a punto de ebullición. En pocas semanas habrá elecciones presidenciales en Argentina, Brasil y Uruguay, y lo que parecía seguro hace poco ya no lo es. Los partidos políticos que ahora disfrutan el poder en los tres países pueden perderlo.

Hay sólidos indicios de que Argentina, gobernada desde hace 14 años por la familia Kirchner, cambiará de manos. Todos los sondeos a la opinión pública indican un hartazgo, en la mayoría del electorado, al discurso y a las formas de gobierno de Cristina K.

Sus constantes enfrentamientos con otros grupos de poder y con la comunidad financiera internacional han terminado por agotar la paciencia de muchos. El fin de la bonanza exportadora de materias primas hacia oriente también ha influido en el viraje de la opinión pública, anteriormente complaciente con el populismo demagógico de Néstor y Cristina. Ahora, el favor de los electores desencantados parece inclinarse hacia opciones distantes del kirchnerismo. Todo indica que en Argentina será electo un gobierno peronista sin mayoría parlamentaria, dominado por nuevos rostros con mayor disposición negociadora para cerrar las disputas que han dejado la economía Argentina a la deriva.

En Brasil, continúa creciendo la posibilidad de que el Partido del Trabajo, de Lula y Dilma, pierda la presidencia de la República a manos de la enigmática Marina Silva. En un vuelco, insólito y sorprendente para sociólogos y periodistas, los electores brasileños han ido dando la espalda a los héroes de la izquierda internacional: Lula y Dilma, y han empezado a voltear hacia una mujer afrodescendiente, evangélica y ecologista que representa todo lo que no es políticamente correcto ni ideológicamente convencional.

Mientras tanto, la corrupción, los escándalos y las promesas incumplidas siguen minando al gobierno de Rousseff. Las recientes denuncias sobre millonarias comisiones pagadas ilegalmente en Petrobras pueden ser la gota que derrame la paciencia de los electores y condene a la derrota la candidatura de Dilma.

Sería dramático que el prestigio de dos luchadores sociales ejemplares, como son Lula y Dilma, fuera arrastrado en el fango a causa de las debilidades y errores del personal a sus órdenes.

En Uruguay ha empezado a ocurrir un fenómeno similar al del Brasil: la izquierda, de origen guerrillero y simpatía fidelista, que alcanzó el poder hace una década en medio de grandes expectativas, se ha desgastado por una deficiente gestión y está a punto de perder el poder.

Pepe Mújica, un simpático y congruente marxista que gobierna sin corbata (y así ha sido recibido en la Casa Blanca), que vive en una modesta choza y se transporta en un vochito, ha resultado, sin embargo, un administrador mediocre y con poca voluntad para responder a las demandas de la numerosa clase media uruguaya. Asimismo, su amigo, el candidato del izquierdista Frente Amplio, el prestigiado ex presidente Tabaré Vázquez, es ahora un fatigado hombre de 74 años que realiza una campaña política desganada y deslucida.

Entre tanto, frente al dúo Mújica-Tabaré, ha surgido de las filas de la derecha moderada un candidato joven, energético y carismático: se trata de Luis Lacalle, hijo del ex presidente Luis Lacalle, y que por su aspecto y discurso parece representar mejor las aspiraciones de muchos uruguayos, ansiosos de prosperidad y futuro.

Por lo dicho, tanto en Uruguay, como en Brasil y Argentina la moneda electoral está en el aire y nadie puede cantar victoria. Pero algo hay que dar por seguro: la protección y la influencia que la riqueza venezolana dio, hasta hace poco, a la izquierda sudamericana han concluido. Así como también se han desvanecido el estímulo y los recursos que Estados Unidos dio, hace algún tiempo, a las derechas latinoamericanas (hasta hoy, no existen pruebas de que Obama intervenga en América Latina. Vaya, ni siquiera hay testimonio de que se interese por lo que aquí ocurre).

De tal manera que ahora cada candidato tendrá que rascarse con sus propias uñas, sin financiamiento exterior que lo ayude a comprar voluntades y sin red de protección ideológica que lo ponga a salvo de sus deficiencias y errores.

Así que, hagan sus apuestas, que la ruleta de la democracia electoral está girando.

alvalima@yahoo.com