Heterodoxia

Autogol…

El único camino para que el país avance en estos tiempos de violencia y desigualdad es descentralizar. La vuelta al centralismo es un error. Significa serruchar la escalera sobre la que estamos parados.

En el fondo es falta de confianza en los ciudadanos. En último término inseguridad. Un autogol.

Eso es lo que significa el regreso del centralismo y el abandono del federalismo. Significa que si no somos capaces de gobernarnos, necesitamos que vuelva el rey de España o su sustituto local: el emperador-presidente.

Recapitulemos: en 1982, en medio de la crisis, se fue López Portillo, el último presidente de la llamada revolución, y llegó al poder el primer mandatario ajeno a esa ideología estatista. Miguel de la Madrid inició su mandato con dos promesas que le parecieron inevitables y urgentes: la renovación moral y la descentralización de la vida nacional.

Ya sabemos que la primera fracasó, pero la última fue tan exitosa que todos los gobiernos que le sucedieron continuaron descentralizando recursos a los estados hasta 2012. Vivimos así 30 años, tratando de descentralizar la vida nacional.

Quienes no conocieron México antes de 1982 no pueden ni imaginar los terribles excesos del centralismo de entonces, pero la desconfianza hacia “la provincia” —como se conocía a todo lo que quedaba fuera de los límites de la Ciudad de México— era tal, que aun los certificados de educación primaria y secundaria del resto del país eran impresos, verificados y expedidos en el mismo Distrito Federal. En síntesis, todos los trámites y decisiones importantes se realizaban en oficinas de la capital, operados por funcionarios federales designados por el Señor Presidente de la República. Un horror y un despropósito.

Pero ¿por qué, después de más de tres décadas, la descentralización no fue exitosa? ¿Por qué los gobernadores se convirtieron en un problema de autoritarismo local, aun peor que los presidentes imperiales?

La respuesta es muy simple: porque la descentralización de 1982-2006 desconfió de los ciudadanos y solo llevó la descentralización de la Federación hacia los gobiernos de los estados, ignorando a los municipios y a las personas. Se crearon así 31 cuellos de botella en las capitales de las entidades federativas. Ahora los certificados de primaria y secundaria son firmados en la capital de los estados por funcionarios designados por el Señor Gobernador del estado.

Pasamos de padecer un gran dinosaurio burocrático en el DF a sufrir 31 dinosaurios de mediano tamaño en cada capital de estado.

¿Cuál es la solución entonces? Pues la que resulta obvia: continuar la descentralización hacia los municipios y después hacia las comunidades y finalmente hacia los ciudadanos.

El dilema es claro: si creemos que los seres humanos no saben, quieren o pueden gobernarse, entonces tenían razón Porfirio Díaz, Stalin, Hitler, Franco, Mao, Fidel, Díaz Ordaz y Pinochet.

En cambio, si pensamos que las personas son las depositarias de la libertad y el fin último de la soberanía y la justicia, y que tienen la capacidad de tomar decisiones sobre su conciencia, cuerpo, gobierno y recursos públicos, entonces tienen razón nuestros contemporáneos norteamericanos, canadienses, ingleses, alemanes, japoneses, escandinavos… que hoy día así se gobiernan.

Claro que no todos los países son iguales; gobernar bien y democráticamente en naciones poco desarrolladas como la nuestra también exige hacerlo dentro de un marco histórico realista, consciente de la condición de cada región y cada individuo. Con gobiernos ocupados en atemperar las desigualdades heredadas de la explotación, la discriminación, la represión y la ignorancia.

Pero es evidente que la tendencia política en los países exitosos es siempre hacia la descentralización, a empoderar a los débiles, a delegar en las personas y en las organizaciones locales responsabilidades, recursos y decisiones, ampliando la base de participación social.

Promover el autogobierno de la sociedad, tal y como los padres responsables que dejan a sus hijos adolescentes actuar, pagar las consecuencias de sus errores y aprender de ellos para madurar.

No consentir, no sustituir, no sobreproteger. No reprimir, no ahogar, no suprimir. Lo sano es delegar, promover, alentar, respetar, sumar, multiplicar.

Por tanto, el único camino para que el país avance en estos tiempos de violencia y desigualdad es descentralizar. La vuelta al centralismo es un error. Significa serruchar la escalera sobre la que estamos parados.

alvalima@yahoo.com