Heterodoxia

Amorosos…

En el siglo XVIII un grupo de filósofos europeos decidió que Dios no existía y que los hombres, solo con las luces que proporciona la inteligencia, podrían construir aquí en la tierra un mundo nuevo donde reinara la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Así convencidos, los iluminados seguidores de los filósofos en Francia, hartos de los excesos de la Iglesia y de los monarcas absolutos, pusieron manos a la obra, destruyendo violentamente el viejo régimen.

Durante tres años, los discípulos de Voltaire y Rousseau derrumbaron todas las arcaicas estructuras políticas y sociales de Francia, le cortaron la cabeza al rey y a la reina y pusieron en práctica gobiernos surgidos de las decisiones tomadas en las asambleas republicanas.

Infortunadamente, entre el grupo de idealistas triunfantes de la Revolución, sobrevino la envidia,
la discordia y la violencia. De pronto, la guillotina justiciera dejó de ocuparse de los vencidos, para focalizarse en el ajusticiamiento de los mismos vencedores. Y así Robespierre, Danton y cientos de revolucionarios terminaron su vida guillotinándose entre ellos. La fraternidad proclamada nunca pudo establecerse. Más bien reinó la discordia, hasta que volvió a imponerse el autoritarismo del más astuto de los hijos de la Revolución: el nuevo emperador Napoleón I.

Fue una lástima. Si bien los sueños de igualdad y libertad lograron avanzar un buen trecho, el costo que pagó Europa fue elevadísimo: la vida de millones de personas y grandes regiones devastadas. Así la Revolución resultó un triunfo ensombrecido.

Algunos años después resurgió el deseo por cambiar al mundo. Sobre todo para mejorar la vida miserable de los obreros que servían en las sucias y oscuras factorías.

Otra vez se proclamó que si Dios no se había apiadado de los trabajadores, propiciando un orden social justo, habría que ponerlo de lado, para dar paso a quien sí podría hacerlo: el Movimiento Proletario Socialista Organizado.

Sus armas invencibles serían una filosofía sólidamente asentada en la realidad material, una interpretación científica de la vida y de la historia. Un sendero iluminado por la teoría y la práctica del gran partido comunista y un método para aplastar a los opositores y a los nuevos bonapartes: la violencia revolucionaria y la dictadura proletaria.

El triunfo estaba asegurado: gobernarían los más aptos, guiados por la luz infalible del socialismo científico.

El sueño justiciero nuevamente se puso a caminar. En la extensa Rusia y en la sobrepoblada China la nueva ingeniería de almas dio sus primeros frutos. Las arcaicas formas de pensamiento fueron sepultadas. Nuevas factorías surgían por doquier. El deporte, la cultura y la ciencia florecieron.
El fruto del sueño socialista parecía al alcance de la mano.

Sin embargo, la terrible realidad de las debilidades humanas volvió a oponerse a la utopía soñada.

Otra vez la discordia, la intriga y la ambición surgieron entre las élites dirigentes. Mientras Lenin, el líder indiscutido de la revolución agonizaba, Stalin y Trotsky se disputaban la sucesión.

Así, el triunfo del primero dio paso a un régimen autoritario y policiaco, donde la paranoia y el terror fueron sustituyendo a la inteligencia y a la solidaridad. Más tarde se agregó a este drama también la simulación y la corrupción. Ochenta años después de la caída de los zares, la orgullosa Unión Soviética también se derrumbó estrepitosamente carcomida por la ineficiencia, los excesos y la desilusión, algo similar ocurrió con la Revolución china.

Pero no todo fue fracaso. Tanto en Rusia como en China hubo grandes avances. La ciencia, la tecnología y las infraestructuras construidas cambiaron para siempre aquellas sociedades feudales. Muchos, sin embargo, pensamos que el sufrimiento causado podría haber sido mucho menor.

Y ésa es precisamente la nueva esperanza que han dado a la humanidad tres líderes excepcionales, que han demostrado que hay caminos menos crueles para mejorar a la humanidad. Que los horrores dictatoriales no son pasos obligados para mejorar.

Tales héroes del éxito incluyente y amoroso, del perdón y la reconciliación son: Gandhi, Luther King y Mandela.

En un evento inimaginable hace apenas unos años, todo mundo aceptó honrar el nuevo paradigma de lucha: la revolución pacífica. Y ése es el significado verdadero de lo ocurrido en Johannesburgo.


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