A Rajatabla

El sueño de Alfonso

Los regiomontanos de 30 años de edad o menos, la mitad de la población, no tienen idea ni memoria de lo que había antes en la Macroplaza, ese dilatado espacio del centro de la ciudad.

Era el centro histórico de una ciudad que iba agigantándose, mientras abandonaba al deterioro, a la ruindad sus rincones entrañables.

Había en la zona casas viejas, maltratadas, cines populares, restaurantes, cantinas ilustres y antros de mala muerte.

Alfonso Martínez Domínguez rescató un viejo sueño de los regiomontanos, de trazar una gran plaza que uniera los centros de poder cívico: los tres palacios —municipal, estatal y federal—, la catedral, el casino, el Círculo Mercantil.

Un ejercicio de imaginación apoyado en voluntad férrea, bulldozers, visión de urbanistas de la talla del arquitecto Óscar Bulnes; de la capacidad de organización y construcción de un Óscar Herrera.

Don Alfonso, político genial, no comparaba su gran plaza con las otras de la ciudad. La dimensionaba en la vecindad de la Plaza del Vaticano, los Campos Elíseos, el Zócalo de Ciudad de México.

La idea de su creador era abrir un espacio de enormes jardines, señoriales edificios públicos y conjuntos de departamentos y comercios. Un nuevo y cosmopolita centro urbano.

Los inversionistas privados no se sumaron al sueño y dejaron vacantes sus espacios, reducidos a estacionamientos. 

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