A Rajatabla

¿Cuáles regiomontanos?

Nos encanta hacer literatura y sociología sobre los regiomontanos. Acerca de su idiosincrasia; su carácter laborioso y ahorrador, heredado de los primeros colonizadores sefarditas.

Pero ese regiomontano prototípico ya no existe. Son minoría escasa las familias que lleven más de tres generaciones viviendo en Monterrey. Que reconozcan entre sus ancestros a los Garza, a los Treviño.

El regiomontano típico, el que lo cura, lo educa, es su compañero de trabajo, probablemente llegó con su familia desde Oaxaca, San Luis, Zacatecas, Veracruz.

Tiempo hubo en que los emigrados se congregaban en barrios específicos: en la Nuevo Repueblo eran los que llegaban de San Luis; algunos porque vinieron a labrar las canteras del Palacio de Gobierno. O en Matehualita.

Un viaje en camión, una noche de Grito, le muestran el rostro plural, heterogéneo del sur y del centro de México.

Y ya nos está cayendo el veinte de que hay 60 mil regiomontanos que son indígenas mixtecos, otomíes y hasta tarahumaras.

Paradójicamente, el único rasgo que nos identifica a todos es nuestra afición a las comidas rápidas, a la hamburguesa, la pizza, el pollo frito. Y, como lujo, la carne asada.

Güeros de ojo claro ya sólo se ven en los municipios de la región citrícola. En Monterrey domina el color de la raza de bronce.

En la diversidad, Monterrey necesita refundar su nueva grandeza. No como provincia cerrada, sino como ciudad de frontera.