A Rajatabla

Con y sin gobernador

Nuevo León siempre ha progresado, con y sin gobernador, con sus mejores hombres o con los mediocres en Palacio.

Las fortalezas del estado son la idiosincrasia de sus ciudadanos, la cultura del trabajo y el ahorro, la meritocracia rigurosa.

La historia de los gobiernos en los últimos 80 años justifica ese deslinde entre la calidad del ejecutivo y el avance del estado.

Morones Prieto y Eduardo Elizondo, en sexenios truncos, emprendieron las obras que más transformaron Monterrey: la canalización del río Santa Catarina, la ampliación de las principales avenidas, el drenaje pluvial.

Tuvimos en Palacio a un intelectual ilustre, como Rangel Frías; a nobles y productivos desarraigados como Luis M. Farías y Alfonso Martínez Domínguez.

Nos dimos el lujo de tener como gobernador a un prominente empresario, a Fernando Canales.

Pedro Zorrilla, en conflicto permanente con los empresarios, hizo el anillo intermedio (Constitución-Gonzalitos, Fidel Velázquez, Churubusco), el Gimnasio Nuevo León. Igual becó a Francia a jóvenes políticos prometedores (González Parás, Eloy Cantú Segovia, Jorge Mendoza).

Todos han sufrido dura crítica y oposición beligerante. En circunstancias parecería que va a estallar la guerra o se va a hundir el estado.

Pero con los gobernadores, como con los camarones, con uno que nos salga bueno, ya la hicimos.