A Rajatabla

La desilusión

Ya hay una mística y un manual de operaciones en los movimientos ciudadanos y contestatarios, como el que derribó a Pinochet en Chile, o los que tumbaron el Muro de Berlín y los gobiernos sometidos en la URSS.

Son la suma de diversas fuerzas opositoras, con agenda propia que aceptan sacrificar sus intereses en pos de ir tras la tarea prioritaria y común de cambiar las cosas de raíz.

Sus líderes deben ser generosos, desinteresados, supeditar sus aspiraciones al primer objetivo que es la convocatoria a ciudadanos de todos los colores para participar en la batalla común contra el statu quo.

Sobre esas líneas y ética de principios debió organizarse Vía Ciudadana. Su objetivo inicial y prioritario sería dar la batalla al monopolio bipartidista que agobia a Nuevo León.

Pero todo se desplomó cuando el dirigente de la organización, Miguel Treviño, anunció su intención de ser el candidato para gobernador, y peor se vieron los otros fundadores del movimiento, que se apresuraron, como comparsas tipo PRI, censurando por lo bajo a Miguel pero expresando ante los medios que todo está bien y que son legítimas sus ambiciones personales.

El incidente hace ver a Vía Ciudadana como cualquier micropartido con discurso democrático pero regido por el autoritarismo de sus fundadores, como sucede en el Partido Verde de la familia González o en el PT, propiedad de Alberto Anaya.