A Rajatabla

Los descarriados

Si de algo nos presumió el PRI en estos años de Rodrigo Medina fue de ser influyente o tolerante con la crítica interna de tiempos, personajes y acciones. De hecho, hacía impensable ver que se aceptaran a los alfonsistas, los socráticos o los treviñistas.

No hubo tiempos ni espacios para que nadie desarrollara una carrera priista; si provenían de los años 70 en adelante, las oportunidades fueron para los más jóvenes, para los que sólo conocían de pasadita al partido y vivían su primera y única experiencia electoral.

Hubo priistas como Antonio Sánchez Banda, seguidor de Abel Guerra, que se vio excluido de toda posición en el partido. Docenas como él no volvieron a ver el sol priista.

Antonio y el resto del grupo pidieron amparo a Abel, quien les respondió con una política semejante a la del partido: váyanse a buscar apoyo a otra parte, les dijo, nos toca formar ahora una nueva clase política más joven.

El último intento fue por incorporarse al PRI donde Eduardo Bailey les confesó que no había ya nada que hacer en el partido. Desilusionados y derrotados se vieron obligados a buscar en otra parte, fueron aceptados en el PRD, donde ya cumplieron tareas de neutralizar el liderazgo de Arguijo. Con pura gente nueva el partido pretende revitalizar la fuerza de la izquierda después de que su intento por asociarse con Jaime Rodríguez fracasó.

Son tareas personales pero que en esta etapa del proceso político se convierten en problema colectivo para el PRI. Ahora es el tiempo de la reconciliación de una admisión influyente, y al cerrar filas se requiere una nueva actitud.