A Rajatabla

La bonita y los feos

Le tenemos el amor de mamá cuervo a Monterrey. La describimos al visitante como asiento de los mejores hospitales y universidades.

Nos hacemos lenguas sobre los dos estadios repletos al mismo tiempo, sobre la calidad internacional de los muchos conciertos.

Sobre la galanura del Parque Fundidora, sobre la belleza de tarjeta postal del Paseo de Santa Lucía y el Caballo de Botero.

Pero a los tres días nos sentamos con el mismo visitante para hacer el recuento de los defectos de la ciudad, de los que ya tuvo su probada de hiel.

Pues sí, su calor es infernal, en toda la ciudad no hay quién te regale un vaso de agua o un mendrugo de pan.

Los regiomontanos son amables y serviciales a pie, de cerquita. Pero se transforman en el demonio de  Tasmania apenas se ponen al volante de sus automóviles.

Conducen endemoniadamente, les irrita el paso de un peatón o un ciclista, se estacionan a media calle, no son corteses con los otros automovilistas, en los cruceros no respetan las zonas peatonales y esperan el cambio del semáforo como si fuera el disparo de salida en Indianápolis.

Ya con las maletas en el auto llegamos a conclusiones: Monterrey es una ciudad mayor, con instalaciones y satisfactores de primer mundo. Tiene encima no una pátina de sus casi 500 años, sino la mugre de sus últimos años.

Y una última observación lapidaria: Monterrey es bonita; los feos son los regiomontanos.

 

jvillega@rocketmail.com