A Rajatabla

Tormentas de papel

Los políticos cínicos —perdón por el pleonasmo— saben que las tormentas de papel se disipan en una semana.

No hay autoridad que investigue las revelaciones. No hay partido que se disocie o castigue la carrera de los que sólo son indiciados en las pláticas privadas o en los medios.

¿O sabe que les haya pasado algo al que destruyó 330 mil juegos de placas, a la que colecciona propiedades, a la que goza las mieles del Senado mientras su municipio sigue pagando con casi parálisis la abultada deuda que dejó con sus malos manejos?

¿Necesitamos ponerle nombres para que usted los identifique? Ninguno se esconde o busca amparo. Saben que la persecución de la corrupción se agota en una sola instancia: la del escándalo efímero.

Pero donde falla la autoridad, la alternativa social no debe ser el cinismo, sino la acción articulada.

Armar el semáforo de la corrupción. Investigar formalmente y divulgar el expediente de cada funcionario corrupto.

Elegir en la comunidad un ombudsman, un fiscal que investigue y documente los casos más abominables.

Así se ayudó en el pasado inmediato a neutralizar la complicidad de funcionarios con el crimen organizado.

Y antes se logró el triunfo más espectacular y efectivo: reducir al mínimo el deporte nacional de los políticos de todos los colores: el fraude electoral.