A Rajatabla

Rabia ante impuestos

En todos los países, los ciudadanos se quejan airadamente cada vez que les aumentan los impuestos.

Pero nada como el clamor colérico de los mexicanos ante los nuevos impuestos federales, la tenencia y el replaqueo estatales o el predial municipal.

Parece lógico el pataleo del contribuyente, pero aquí se habla hasta de hacer huelga de pagos y sabotear la producción y la inversión.

La causa profunda de esa reacción furibunda no radica precisamente en lo oneroso de las cargas impositivas, aunque son ciertamente exageradas.

Está el origen del descontento enrabiado en el otro factor de la ecuación: en la forma de gastar lo recaudado por los gobiernos de los tres niveles.

En la falta de un compromiso formal, concreto del Presidente de la República, del gobernador, de los alcaldes, para combatir la corrupción y el gasto desordenado, irresponsable de los pesos que tanto sudor costaron al ciudadano.

Los irrita igualmente el culto a la personalidad que se aplican los funcionarios a la menor provocación; por ejemplo, porque les toca informe de administración, oportunidad que aprovechan, en el colmo del narcisismo, para lucirse con disfraces, cascos y otras coqueterías, como Margarita Arellanes.

Los impuestos gravosos no hacen sino estallar el reclamo ciudadano: demandamos una campaña de verdad, escarmentadora, en contra de la corrupción que es, sin duda, más costosa y oprobiosa que cualquier impuesto.