A Rajatabla

Mercadotecnia y campañas

Los románticos de la democracia dicen que las elecciones son la oportunidad para que los ciudadanos funjan como tribunal para discriminar, con su sufragio, entre los buenos y los malos partidos; entre los discursos encontrados y competitivos de los candidatos.

La mercadotecnia política en boga sugiere, en cambio, vender a candidatos y partidos como si fueran detergentes o refrescos de cola.

Cuentan la exposición en los medios, la explosiva comunicación de los mensajes en las redes, un slogan pegajoso y, por supuesto, ser bien parecido.

Que no que se parezcan al padre Hidalgo o al Benemérito de las Américas, sino a los artistas de la televisión.

En términos llaneros, eso es echar montón. Persuadir al elector a votar no por propuestas o razón, sino para que echen en la urna, como en el carrito del súper, el producto que más reconoce, el más vistoso, el de mejor empaquetado.

Corre un riesgo grave el candidato al promoverse como producto: que lo anulen saboteándolo como se hace en el mercado, corriendo un rumor y echándolo a correr en la prensa sin escrúpulos y en las redes.

Así como espantaban a los consumidores de una marca de refresco con el cuento bien corrido de que alguien encontró un dedo dentro de una botella.

Y ya hay partidos y candidatos que traen en la bolsa el dedo para aniquilar a los adversarios: el caso Belden o el historial sexual, por ejemplo.