A Rajatabla

La Gran Plaza

Para comenzar: ¿Por qué no le quitamos el horrendo nombre de Macroplaza? Enaltecerla y hacerle justicia llamándola Gran Plaza.

Es evidente, por lo demás, que nuestro espacio público más valioso ya requiere una remozada y hasta una redefinición de su equipamiento.

Se trata, hay que admitirlo, de un ambicioso proyecto urbanístico que se quedó a medias. La iniciativa privada incumplió con su parte de desarrollar en los flancos conjuntos de edificios para uso residencial y comercial.

Errores de diseño, el uso intenso y el abuso redujeron el bello espacio del Parque Hundido a callejón de las caricias. Las aguas subterráneas obligaron al cierre del pasaje comercial abajo de la Plaza Zaragoza.

Como la Alameda Mariano Escobedo, la plaza se va volviendo territorio exclusivo para las “muchachas” que llegan de otros estados.

Por todo eso es de apreciarse que haya un programa de rehabilitación como el que pretende la Coordinación de Turismo con una inversión mayor de fondos federales.

Presumía don Alfonso, su creador, que la Macroplaza era más extensa que la del Vaticano, la de San Marcos de Venecia y la Plaza Roja de Moscú.

Igual  decía el Piporro: que la Fama, Nuevo León, era tan grande como Ciudad de México; nada más que no estaba fincada.

En la Gran Plaza aún tenemos pendiente “fincarla”.