A Rajatabla

Cuentas chapuceras

Abunda la imaginación de los alcaldes, chicos y grandes, para corregir irregularidades en el manejo de los presupuestos.

En Rayones, cada vez que se desfalca el erario, asaltan al tesorero en el camino de la montaña o entran ladrones a Palacio y cargan con una caja de cartón donde guardaban una acaudalada suma de dineros oficiales.

En Montemorelos, un alcalde que era profesor, abultó el gasto con las notas de gasolina de la carroza oficial. No supo explicar el abultado kilometraje de 40 mil kilómetros en un mes y precisamente cuando el vehículo estaba en reparaciones.

Don Jesús Hinojosa, en Monterrey, batalló para devolver el dinero cuando lo obligaron a cancelar la venta del Mirador de Alfonso Reyes.

El comprador alegaba que había pagado mucho más al pariente del alcalde de lo que asentaron en los libros.

No es vicio nuevo. Hace ya 70 años que un alcalde regiomontano se llevó las bancas y arbotantes de una plaza a su rancho.

Cuentan de un alcalde que consultó a su antecesor: ¿Cómo le doy salida al dinero para comprarle camioneta a mi novia?

Fácil, le respondió, ¡no le des entrada!

Claro eran raterías en tiempos primitivos. Ahora el negocio está en los moches millonarios, en las licitaciones amañadas, en los contratistas favoritos.

De un alcalde reciente decían que él no pedía moches sobre las obras públicas. Él las realiza todas a través de prestanombres.