A Rajatabla

Ambulantes donde quiera

En Nueva York le venden en la acera de la Séptima Avenida perfumes falsos, relojes de pacotilla, bufandas artesanales.

En Madrid, los migrantes africanos y latinoamericanos tienden una sábana en la acera para vender artesanías, dulces y cualquier mercancía que los ayude a mitigar el hambre, el frío.

En Ciudad de México, Tokio, Nueva Delhi, Río, las calles son el mercado natural para los comerciantes improvisados y los compradores ambulantes.

El comercio ambulante y semifijo, en casi todo el mundo, tiene los mismos componentes: personas que buscan sobrevivir en la cruel ciudad, aventurándose con una canasta y algunas chucherías por vender.

Gente, quizá tan pobre como ellos, que busca cosas en un modesto puesto, porque no se atreve a entrar a los comercios, que le van a cargar el costo de sus escaparates, luces, empleados e impuestos.

En Monterrey mantenemos una cacería permanente de los ambulantes. Así lo exigen los medios, el comercio organizado, los alcaldes preocupados por la limpieza del centro.

Todo ha fracasado para neutralizarlos: redadas y confiscación de mercancías, zonas de puesteros que degeneraron en nicho de malvivientes. Mercados exclusivos que se quedaron vacíos desde el primer día.

Tolerancia temporal vendida como favor político a cobrarse en las elecciones. Véase por donde se vea, el ambulantaje refleja una sociedad dispareja, que rehúsa admitir los extremos de la pobreza.