La Feria

El vuelo de Amalia

¿Como no escribir sobre Amalia Guerra, así sean unas palabras, ahora que ha partido hace unos días y que, en alguna forma, quisiáramos haber estado más con ella, acompañándola, en sus últimos años? Así que, inevitablemente, habrá que traer algunos recuerdos de su voz, su fuerza, su persona, para que al menos el corazón se conforte con este acercamiento .

Alguna vez me dijo que la época más bella de su vida fue su juventud; “hasta que cumplí los 35 años, luego me dio una depresión”. Desde entonces, las letras fueron sus compañeras y gracias a su cultivo logró construir espacios que sólo pocas mujeres de su tiempo conocieron; universos de letras y palabras, perfectamente tejidos en las páginas blancas de sus libros, finamente escritos desde su integridad y condición femenina.

Amalia Guerra (1916, Mineral de Tlalpujahua, Michoacán) en 2000, fue propuesta como candidata a recibir el premio Jalisco en la rama de Letras por una treintena de instituciones y una larga lista de artistas e investigadores locales. Cuando fue declarada ganadora, “entre angustiada y molesta”, pero también con un tinte de orgullo, la escritora se levantó de la cama en la que ha permanecido por meses para trasladarse en su silla de ruedas, perfectamente maquillada, a la ceremonia en la que el gobernador Francisco Ramírez Acuña le entregó la presea.

He dicho de ella que, a lo largo de décadas de cultivar las voces que hablan en sus mundos interiores, hiló una serie de cuentos en los que sus fantasmas cobran forma y desarrollan tramas donde la maravilla está siempre presente. Sus cuentos y algunos poemas se encuentran reunidos en los libros El Vuelo, La Fiesta, Las Ataduras, Retorno al eco y A pesar de la niebla. Según el maestro Ernesto Flores (quien falleció también en este año nefasto), ella fue la mejor cuentista de su generación y sus narraciones han sido objeto de numerosos estudios y análisis.

En uno de sus relatos magistrales, “El vuelo”, una mujer se transforma poco a poco en pájaro y echa a volar desde la ventana de su casa. Una metáfora que refleja en cierta forma a la mujer que fue, anhelante del espacio sin límites. En el cueto, la protagonista, descubre que se está convirtiendo en ave. “[…] voy al espejo; me desnudo frente a él; vuelvo la cara hasta donde es posible, y ahí está realmente lo que presiento: unas pequeñísimas alas donde apenas asoman delicadas plumas de un tono gris acero”.

La transformación prosigue hasta que, una noche, “Un impulso instintivo me obligó a salir a la terraza. Bastó un ligero movimiento y mis alas se abrieron, mis patas se desprendieron del piso y comencé a elevarme. Primero un aleteo inquieto, después rítmico, suave, tendido… al fin majestuoso, como un himno de triunfo”. La mujer, convertida en ave, emprendió su vuelo.

La escritora vivió en Guadalajara desde hace más de sesenta años. En su casa de Chapalita las paredes quedaron llenas de pinturas y libros. Un retrato de ella, pintado por su hija Tony Guerra, ocupaba el lugar principal. (hace unos días, en su funeral, estaba acomodado junto al féretro). Amiga y discípula de Juan José Arreola, participó en sus talleres y escuchó sus consejos. “A veces sus regaños, como en aquel cuento... del que me decía y me decía: qué pasa con la puntuación, qué pasa con la puntuación, ya te lo he dicho, Amalia… y yo no entendía qué pasaba”.

También acudió a los talleres de Elías Nandino y Arturo Rivas Sáinz y conoció a escritores de distintas generaciones. Con ellos, a veces desenvolvia recuerdos o revisaba textos. Ahora, Amalia es mecida por otros más suaves vientos. En nuestra memoria quedará como una brisa suave y en el corazón reposará como ese viento cálido que subyace cuando la calidez del cariño echa sus flores. Yo sé que en ella se ha cumplido su propia palabra inscrita en “El Vuelo”: “Esta noche dormiré bajo la comba verde del trueno”.