La Feria

Dos visiones de Guadalajara

1. “No es sólo el recuerdo de los tiempos moceriles ni la adhesión a amigos y a maestros lo que me hace amar a Guadalajara; es algo material, telúrico, que radica en el aire, en la luz, en el aspecto de aquella tierra árida que comunica no sé qué sensación de paz, de tranquilidad y de placer y que se adentra en el ánimo y de él se adueña sin consentir que esa imagen la borre otra alguna”.

Así escribió en sus Memorias a quien José Emilio Pacheco llama “el primer novelista moderno de México”, el jalisciense Victoriano Salado Álvarez (1867-1931). Lo que llama la atención, naturalmente, es la percepción tan clara que aquel maestro tenía de esa atmósfera que, bajo el ruido, el movimiento y la apariencia, fluye secretamente en el aire, en la luz, de la Perla de Occidente.

Salado Álvarez, autor de la obra maestra Episodios Nacionales, amaba la ciudad y la entendía. Su visión de finales del siglo XIX era intensa; veía, más que la superficie, la profundidad; más que la vida que corría sobre las calles de perfecta cuadrícula, la sensación que se respiraba en ellas. Por eso, en la misma obra rescata lo que un viajero estadounidense, Arturo Wise, escribió en 1849, cuando la ciudad era “lasciva, devota, ingenua y sin vida social”.

Escuchemos: “Nos pinta a Guadalajara linda, con calles anchas, tiradas a cordel, con casas sólidas, bien construidas y pintadas de alegres colores, plazas, fuentes, umbrosas alamedas, magníficas iglesias y edificios públicos muy capaces. Los grupos de gente decentemente trajeada que llenaban las vías públicas, las tropas bien pertrechadas, la belleza de las construcciones, la elegancia de los carruajes y el garbo de los jinetes le dieron al viajero idea del desahogo de la región. La más rica de México la llama sin reparo”.

Pero lo que más atrajo al señor Wise fue “lo que siempre ha constituido el mejor timbre de gloria de la tierra: el mujerío. Llega a decir que no hay lugar en el universo en donde puedan verse juntas tantas hembras guapas. ‘No las había por docenas, sino por centenares’, exclama”.

2. Si bien la belleza de sus mujeres se mantiene hasta ahora, otros rasgos han sido destruidas.  Sólo quienes conocieron la ciudad de hace cuarenta años saben lo que han perdido: aquellas calles hermosas, como Vallarta o Pedro Moreno, han sido convertidas en corredores comerciales, con jardines aplastados por bloques de cemento reventado y sucio. Sus árboles son constantemente mutilados por la Comisión Federal de Electricidad; las paredes de sus casonas señoriales han sido transformadas, cuando bien les va, en aparadores de piso a techo; o, peor, en localillos mercantiles en donde se vende cualquier cosa; el negocio, ya se sabe, es primero.

Casi nada se ha conservado. Los gobiernos han permitido este despojo. Las fincas han sido demolidas, las calles y las banquetas destrozadas, y el rostro de la ciudad, otrora orgullo del país, es muy distinto.

Ni siquiera el centro histórico se ha salvado. Cientos de vendedores ambulantes trabajan en la zona diariamente, sin límites. La propaganda dice que el Ayuntamiento tapatío está reparando las esquinas de algunas calles “para que tengas más tiempo para estar con tu familia”. ¡Pobre Guadalajara!

Qué lejos estamos de aquella estampa que conservó en su memoria, hasta morir, don Victoriano. Sólo nos queda recordar lo que fue alguna vez aquella urbe a la que cantaron poetas como Aurelio L. Gallardo, Juan de Dios Peza y el compositor Pepe Guízar. Y sin embargo, ese recuerdo se pierde poco a poco. La indiferencia de nuestros gobernantes, si lo permitimos, acabará por destruir lo que aún queda.