La Feria

Lo que el viento no se llevó

Eran de El Grullo. Unos cincuenta, poco más, poco menos. La mayoría tenía entre quince y veinte años. Algun@s eran, claro, mayores. Todos, integrantes de la Orquesta Sinfónica o del Coro de ese poblado. Y ahí, en el auditorio del Centro Universitario de la Costa Sur, en Autlán, comenzaron a desplegar su repertorio. Con sus contrabajos, violines, violas, metales y maderas, los chicos parecían soltar en el aire del auditorio aves y serpentinas musicales que caían sobre nosotros como polvo luminoso.

Era impresionante verlos entregados a la melodía. Entender que salieron de un poblado de apenas veinte mil habitantes para dar claridad al cielo de su región. Los cuarenta y tantos chicos y chicas, sacaban de su instrumento un brillo musical genuino y entusiasta, quizá no perfecto, pero sí grato y conmovedor. ¿Cómo es, me preguntaba, que en el sur de Jalisco, en un pueblo tan pequeño, se haya consolidado un proyecto capaz de cambiar la vida a medio centenar de jóvenes, algunos casi niños? Eso era, además de la música, lo que conmovía: verlos ahí, haciendo de la orquesta su apuesta de vida, su camino de salvación, en un país plagado de senderos torcidos y de manos aviesas.

El concierto era parte de la Semana Cultural que realizaba el CUCSur de la Universidad de Guadalajara en Autlán. Un centro que ha transformado la vida de la región y ha creado posibilidades. Ahí, más de tres mil estudiantes se forman en trece carreras vinculadas al desarrollo de la zona. Todo luce limpio y ordenado y, aunque las carreras son técnicas, se han cultivado también programas extracurriculares de humanidades. Tal vez, porque el rector Alfredo Ortega es, además, un estupendo narrador y se interesa en lo humano.

Qué bonito era ver, en aquel auditorio lleno hasta el tope, a medio centenar de jóvenes de El Grullo, siguiendo la batuta de su director, Daniel Flores Regalado, y sacando filo a sus instrumentos como si estuvieran vivos, para entregar un programa muy bien seleccionado, que acariciaba el rostro y se hundía en la entraña tibiamente, una noche antes del día del huracán.

¿Qué fue lo que hizo realidad esta orquesta? ¿Un ayuntamiento que destinó unos pesos a este esfuerzo? ¿La presencia de la Universidad de Guadalajara que ofrece su auditorio a los jóvenes músicos? ¿Medio centenar de muchachos y muchachas que entregan su tiempo a la música? ¿Un director que regresó a su pueblo?

No tengo la respuesta. Lo que sí, estoy seguro, es que la vida de esos chicos no será la misma después de su experiencia con la música. Para ellos, todo ha cambiado. Las notas de la Barcarola de Offenbach o de la Lacrimosa de Mozart —que tan bien interpretaron— se quedarán con ellos para siempre, apretadas contra el pecho como los violonchelos. Una persona, después de vivir en el arte, no es otra vez la misma. La vida, por fortuna se enriquece, y la mirada vibra con una nueva tonada que dice que, a pesar de todos los Ayotzinapas, allá adentro, en el corazón, la esperanza, pájaro de luz, aún sigue cantando.