La Feria

En recuerdo del poeta de los andamios

¿Cómo andamios?”, saludaba José Ramos, presumiendo su oficio de albañil entre los poetas tapatíos de los ochenta. Se decía albañil y poeta, pero fue abandonando el oficio de la mezcla y la cuchara al paso de los años para subsistir no sin dificultades (vendiendo sus libros entre los amigos) pero sin abandonar el título de poeta que conservó hasta su muerte, ocurrida hace apenas un par de meses.

Nació el 15 de diciembre de 1942 en Guadalajara, pero hizo de la ciudad de Puerto Vallarta una segunda casa durante sus últimos años. Autodidacta y trabajador de la construcción, José asistió en los ochenta a los talleres literarios de Raúl Bañuelos y Patricia Medina y se enamoró de la poesía; desde entonces, comenzó a escribir y a construir una vocación que nunca abandonaría.

Insistente como el que más en el ámbito de las palabras, imprimió en una u otra forma (a veces en fotocopias), una serie de títulos que deja como herencia. Canto obrero, en 1979; Poemas a-penas, en 1989, en una precaria edición de autor. En 1995, Raúl Bañuelos le publicó Sobrecimientos, en la colección Ornitorrinco; siguieron Parvadas de voces, editado por el autor ese mismo año y, al siguiente, Canto de Almudena, publicado por la Universidad de Guadalajara en Puerto Vallarta. La lista continuó con Palabrando, publicado por la Secretaría de Cultura en 1998, En los bolsillos del viento, en 1999, De costa norte, en 2001, y Poemas encantados, ese mismo año. Estos tres últimos, en Puerto Vallarta.

Tal vez su mejor libro haya sido En los bolsillos del viento, prologado por Raúl Aceves. En él, Ramos transita por los pasadizos del ser que habita la ciudad. En sus escenarios se encuentra como un pasajero del destino que cumple, a cada paso, un designo que no se manifiesta abiertamente sino en la constante presencia de las cosas mínimas que lo rodean y en una especie de flujo subterráneo que aparece en las palabras.

Soy yo... Soy yo... Soy yo... repite una y otra vez Ramos al comienzo de los breves poemas  de ese libro y establece una comparación inevitable entre su ser y las cosas del mundo. Una comparación que lo liga a la existencia, con la felicidad dolorosa del descubrimiento y la nostalgia secreta del olvido.

Uno de sus textos, bajo el título de Hoja, consigna: “Soy yo hoja que cae, recoge mis restos la tormenta, casi me ahoga la lluvia, trato de nadar siguiendo el manual, mi cabeza se revela, los mercados y calles abarcan la mirada, me pierdo en la distancia, luego descanso bajo este árbol que platica con el sol de aquellos otros que se sientan a su sombra y escucho risas gorjeando entre las ramas”.

Ramos, como buen trabajador de la construcción, en ese libro y algunos posteriores, logra dar la consistencia a los versos para mostrar que con ellos es posible construir múltiples mundos. Y, sin embargo, las palabras, sus ladrillos, ya no serán unidas por la argamasa de su corazón. Descansa en paz, José Ramos, poeta de los andamios.

 

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