La Feria

“No me preguntes cómo pasa la vida”

Instantes después de leer la nota preliminar que escribió José Emilio Pacheco a las Memorias del jalisciense Victoriano Salado Álvarez llegó el correo electrónico de Elena Poniatowska –que nos reenvió nuestra amiga Sara Poot— con la infausta noticia: El poeta había fallecido. Una absurda, pero explicable, caída fue la causa inmediata. Se iba y nos dejaba aquel poeta que cultivó campos enormes de palabras. Palabras que, como semillas, crecieron en la entraña de nosotros, los que veníamos detrás, observando, escuchando, asimilando los pasos de los mayores.

Minutos más tarde, Raúl Bañuelos llamaba para compartir ese dolor que nos hería a quienes alguna vez vibramos con los textos del poeta.

Un recuerdo: Allá, por los años setenta, Elías Nandino lo invitó a leer en el Ex convento del Carmen. Me tocó organizar esa lectura tras la que –aún lo tengo presente— nos fuimos a mi casa de recién casado en compañía de amigos como Pedro Matute,  Carlos Prospero y Ricardo Yáñez a brindar con algún ron por la poesía.

Desde entonces han pasado treinta y tantos años de renglones, artículos, lecturas. La vida se ha apretado sobre su propio eje y el mundo ha dado por girar con mayor prisa. Guadalajara es otra y nosotros también. Pero a lo largo de ese tiempo, José Emilio, paso a paso, ascendió los caminos de la grandeza literaria, dejando como constancia de su excelencia, narraciones, poemas, traducciones y ensayos impecables: herencia irrenunciable a un país que se agita en el presente como animal herido, sin decidir caer o levantarse.

JEP fue –no es necesario decirlo pero lo digo— un escritor ejemplar. Intelectual de una pieza, estudioso implacable, narrador sorprendente y, sobre todo, un minero enjundioso que entraba y salía a las galerías subterráneas de la historia literaria para rescatar nombres y obras, como si fueran gemas, y dejarlas al alcance de la mano.

No hay forma de valorar la pérdida.  Apenas unos días antes se había marchado por el mismo sendero sin retorno el poeta Juan Gelman. Apenas empezábamos a reconstruir el mapa de la poesía contemporánea, cuando cayó, sin más ni más la mala nueva. Y no es que no sepamos que todos y cada uno pagaremos, al final, el precio de estar vivos; sino que la partida de José Emilio resultó inesperada. Porque, si bien sabíamos de sus males, nunca creímos que el desenlace ya se aproximara.

La última vez que platiqué con él fue en Ciudad Juárez, cuando el poeta Jorge Humberto Chávez, ganador del Premio Aguascalientes 2012, coordinó un homenaje en su honor. Lo encontré contento, feliz de estar ahí, en compañía de amigos. Me quedo, por lo menos, con aquella alegría como postal final de su memoria.

Palabras suyas son las siguientes:  Es verdad que los muertos tampoco duran/ Ni siquiera la muerte permanece/ Todo vuelve a ser polvo// Y, sin embargo, sabemos bien que su voz perdurará. No por la eternidad, que es invisible para los ojos y la sangre humana; pero sí mientras aquí sigamos, mientras nos sigan otros, y a estos otros otros que sepan entender estas palabras suyas: “No importa que la flecha no alcance el blanco/ Mejor así/ No capturar ninguna presa/ No hacerle daño a nadie/ pues lo importante/ es el vuelo         la trayectoria          el impulso/ el tramo de aire recorrido en su ascenso/ la oscuridad que desaloja al clavarse/

Vibrante/ en la extensión de la nada”.