La Feria

La noche absuelta

Fibras finísimas de dolores añejos, ternura que apenas se atreve a florecer, tono de voz suave, íntimo, que trae al presente recuerdos de aquella infancia lejana y ya perdida: ritmo de evocación, memoria, amor apenas pronunciado, esto y más encuentra el oído atento en el libro La noche absuelta de la poeta Adriana Martínez Sánchez.

El presente es también el fruto del pasado. La conciencia de aquello que fue y ha sido, pero se ha quedado en nosotros como una marca. Por eso dice la autora que “Ahora que el viento de la noche se derrama/ abro los ojos hacia atrás/”, para reencontrar aquella niñez que se ha quedado fija en los pasadizos de la memoria. Para ahí descubrir los momentos que puedan explicarnos quiénes somos:

“Yo me recuerdo con el llanto asido a mí/ y la plegaria del aire entre los árboles/ un patio de barro húmedo/ enrojecido como la parte superior de mis labios/ zapatos de charol y tobilleras dobladas/ bajo las pantorrillas/”. Y sin embargo, no es lo pretérito lo que canta en las venas; es la palabra que lo trae de nuevo, porque Adriana es leal a la palabra, fiel a la secreta profesión de la poesía. Por eso se atreve a revelar su credo: “Creo en las palabras que nacen de lo visible e invisible/ luz de luz/ matriz fecunda/”; o “creo también en el poema/ hijo único del hombre/ En el dogma de la poesía que no comprendo/”.

Es la palabra, la poesía, entonces, la que revela su luz para iluminar y traer de nuevo a la consciencia el mundo extraviado en la línea del tiempo; en la flecha que mira hacia el origen, hacia la voz primera que nos dice, a solas y en secreto, quiénes somos.

Por eso, Adriana Martínez recuerda con transparente sencillez que: “De niña buscaba figuras/ en el contorno de las nubes/ y en las grietas del barro/ caminaba sin pisar la raya/ sobando mi moneda de domingo/ atesoraba ágatas, flores y agüitas/[…]”. Este, como otros recuerdos, siguen ahí, tendidos en lo innombrable, para que la palabra los recupere, los reconstruya y los traiga de nuevo hasta sus manos para dar el sentido a la existencia. Por eso, no es extraño que dé su testimonio en estos términos: “Ahora escribo para saber quién soy/ gota de sangre que no termina/ de llegar al borde/ de los labios/”.

Y sí que lo descubre. El texto de Adriana es una incursión en los laberintos de lo perdido para rescatar aquello que logre definirla. Por eso, nos habla desde su sed primera (“la sed de mi casa  se heredo en mis huesos/ Me vienen por la madre/ los poemas que a solas recitaba como una letanía/”) hasta su desesperación por sentirse ahogada por las aguas adversas: “ Algo me arrebataba el aire/ como desbordamiento en las mejillas:/ sería que papá no despertó/ o que yo, por más que abría los ojos/ no logré despertarme/”.

Eso y más dice la voz que habla en La noche absuelta, de Adriana Martínez, publicado por Mantis Editores bajo la dirección del poeta Luis Armenta Malpica. Una empresa literaria que se ha convertido en sello que da prestigio a las letras y ediciones tapatías.