La Feria

Un mundial para olvidar la sombra

La niña está sentada en la banqueta. Juega con el chiquillo y dicen que son papá y mamá, que viven en Europa y que ella es enfermera y el un militar. “Imaginación”, piensa la madre , cuando los mira ahí, entusiastas, tirados de panza, jugando a la casita e ignorando que aquel día habrá que buscar, como todos, la vida.

Pero no hay diferencia entre estas ocurrencias y otras a las que, acostumbrados, tomamos por profundas realidades; el Mundial de Futbol, por ejemplo, del cual se ha dicho que: “La posición de México estará en juego el martes próximo en Brasil”, “Todos seremos uno al lado de la patria en el Mundial”, “Ahora sí, muchachos, ha llegado el momento de la gloria”. Por supuesto, nada más falso. Pero, claro, es que hablamos metafóricamente, dirán algunos listos, y cuando se dice que México se juega su posición”, en realidad decimos que es un partido muy importante.

Pero es tan sencillo. Como bien lo han señalado los lingüísticas George Lakoff y Mark Johnson, las metáforas cotidianas no sólo nos permiten entender algunos dominios de la “realidad” (si es que ésta existe), sino que “la construyen”.  Así, el Mundial de Futbol no es sólo una contienda de once hombres contra once, para ver quién mete más veces una pelota en una meta. Eso sería irrelevante. El lenguaje metafórico, las palabras, la conceptualización del mundial, lo han convertido, realmente, en “la conflagración universal más esperada”; en “la gran contienda de cada cuatro años”, en “la arena en donde se miden los semidioses” o en “el momento de la verdad, en donde cada cual demuestra lo que realmente es”.

No es extraño, en un mundo que carece de ilusiones “reales”, el hambre insatisfecha de victoria, de éxitos, de desarrollo, de humanidad, de sentido, se proyecta en un terreno de 110 por 75 metros, donde dos equipos contendientes se convierten en “representaciones nacionales” y se juegan, en sus botines, el destino simbólico del país. Tal es la fuerza de esta construcción imaginaria: se deja de trabajar, de estudiar, de dormir, de caminar, para participar en la realización de este rito periódico, mágico, catártico, en el que la mayor recompensa es gritar, a toda voz: ¡Goooooool! estallar, reventar, cuando uno de los nuestros, es decir de los de verde, logran meter la pelota en la meta contraria.

Y entonces abrazamos al que está a nuestro lado, sonreímos a lo largo del día milagrosamente, caminamos erguidos, silbamos por la calle y, cuando nuestra mirada se encuentra con la del otro, una chispa de identificación cómplice nos une y nos hace sentir (así sea por un momento) que por fin, pese a lo que digan los filósofos, no estamos solos en la vida y que la realidad tiene sentido. Mundo extraño. El Mundial de Futbol es imaginación, metáfora de la vida real, proyección psicológica, deseo de triunfo, gloria momentánea, identificación colectiva, lazo de hermandad pero, sobre todo, algo que no se ve: negocio, un gran negocio. La selección nacional, ya lo sabemos, es propiedad de una empresa privada, no ajena al apellido Azcárraga y generadora de muchos miles de millones de dólares para las televisoras y otras grandes empresas.

La imaginación que construye el mundial, en esa forma, se convierte en pesos para las manos de unos cuantos. ¿Quiénes exactamente? Es difícil saberlo. En Internet se encuentran millones de páginas que hablan de la selección, pero no el nombre de sus propietarios ni de quienes se benefician con la operación del “equipo de todos”. Magia, canción, danza ritual, metaforización de una realidad social empobrecida por los abusos de políticos corruptos, sueño que cobra vida, la selección nacional también es paliativo de los males, alimento sagrado de los desposeídos, luz que se enciende y arde en el corazón de millones de mexicanos, cuando sabe meter aquel balón en la portería contraria.

Brebaje milagroso, en este tiempo, también ayuda al equipo de Peña Nieto, un equipo que juega a otras alturas, a que la gente ignore, como lo hace, que las nuevas reformas energéticas entregarán, no los fierros de Pemex, no, sino las ganancias petroleras, a las manos de sus amigos, los grandes empresarios.

Que gane México y nos deje, al menos en el plano metafórico, ser un pueblo de triunfos y de luz: un pueblo, por un instante, unido, mientras los saqueadores se lamen los bigotes.