La Feria

Ya nada es igual, sin Emmanuel

Uno de los libros más bellos de Emmanuel Carballo es el primer tomo de sus memorias Ya nada es igual: Memorias (1929-1953), publicada en 2004. En esas páginas recrea el retrato de sus progenitores, sus recuerdos acerca de Francisco Rojas González, Alí Chumacero y Agustín Yáñez, entre otros escritores, siempre desde un ángulo muy personal. Las letras más nostálgicas las dedica a la Guadalajara de su adolescencia y juventud, la de los años treinta, cuarenta, cincuenta. Hay en el libro el aroma perdido de los amores adolescentes, el entusiasmo difuminado de las diversiones de la infancia y el recuerdo de los primeros descubrimientos literarios. De sus páginas tomamos unos renglones para que los disfruten sus lectores, herederos de sus letras. En ellos recuerda su carácter infantil, difícil, dice, desde entonces y deja con nitidez y sinceridad en nuestras manos el sello de su vida.

Por temor a perderme, mi madre acortaba cada vez que podía el cordón umbilical. Como clásico hijo único fui un niño introvertido, celoso y dado a la fantasía, de pasiones obstinadas y mal educado. Una o dos veces por semana se me inflamaban las anginas. Cuando los remedios caseros no conseguían aliviarme, mamá llamaba al médico. Esa noche, el doctor Juan Pablo Guzmán Alemán me revisó la garganta con gran esfuerzo porque me revolvía en la cama como un energúmeno. Al concluir el examen le dijo a mi madre: “Este niño padece dos enfermedades: una amigdalitis que yo le puedo curar y una mala educación que sólo usted puede corregir”. Nunca sané de ninguno de los dos padecimientos. Una tarde nos encontrábamos mamá y yo asomados a una de las ventanas mirando pasar la vida, que en Guadalajara, por esos años, transcurría muy lentamente. Por la calle empedrada desfilaban cada hora cinco o seis personas y uno que otro automóvil. Eso sí, las bicicletas se cruzaban como serpientes enfurecidas. De pronto, en la casa de enfrente se abrió la ventana y aparecieron una señora y su hijo, amigo mío de todos los días. Me quedé contemplando al niño y le dije “Paco, qué feo eres, te pareces a tu mamá”. La señora de la acera opuesta, desconcertada, molesta, cerró la ventana y a partir de ese momento la familia Ponce y la familia Carballo no volvieron a dirigirse la palabra.