La Feria

¿Cómo hablar de cultura, sin vergüenza?

A veces, la poesía se adelanta al tiempo y construye imaginarios en donde se refleja, en alguna forma, lo futuro. Sólo así puedo entender algunos de los poemas que nos legó César Vallejo, y que repaso en estos momentos cuando México, con muchas dificultades, intenta saturar la herida que abrió en su pecho la tragedia de Ayotzinapa.

“Un hombre pasa con un pan al hombro/ ¿Voy a escribir después sobre mi doble?/ Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo/ ¿con qué valor hablar del psicoanálisis?”

¿Qué tipo de hombre, me pregunto, es capaz de asesinar a medio centenar de muchachos cuyo pecado era incomodar a otros más poderosos? ¿Qué tipo de hombre es capaz de entregar a sicarios a adolescentes de 18, 19, 20 años para que los torturen y les arranquen la vida por ningún delito?

“Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano/ ¿Hablar luego de Sócrates al médico?/ Un cojo pasa dando el brazo a un niño/ ¿Voy, después, a leer a André Bretón”.

Padecemos, lo sé, un sistema donde en cuyos sótanos se cultiva con esmero una nueva raza de hombres. Seres creados en el cieno de la miseria, apocados a golpes, habitantes de las familias rotas y sin esperanza. Cuando niños, viven en hogares desmembrados, sus colonias están regidas por pandillas, la escuela y el empleo les son desconocidos. El vicio es su refugio, el delincuente y el sicario sus modelos de éxito. Son ellos los habitantes de los infiernos del sistema. Y son, dice el INEGI, alrededor de veinte millones.

“Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre/ ¿Cabrá aludir jamás al yo profundo?/ Otro busca en el fango huesos, cáscaras/ ¿Cómo escribir, después, del infinito?”.

El de Ayotzinapa, tristemente, no es el único caso. Hay millares de tumbas a lo largo del territorio nacional, con decenas de miles de cuerpos no identificados, que reclaman justicia, mientras el presidente realiza una gira de trabajo por China y otras naciones en busca de componer la imagen de la patria que gobierna.

Ante esta realidad, es baladí hablar de cultura. Parece intrascendente discutir si tienen razón o no los artistas plásticos que retiraron sus cuadros del Salón de Octubre, por ejemplo. La sangre de los buenos, de nuestros muchachos, señores, ha corrido, y las protestas continúan. Es un momento de crisis. Pero, en lugar de rectificar, el gobierno parece conducirnos a callejones sin salida: así como la miseria aumentó a partir de la firma del TLC, se agudizará tras las nuevas reformas energéticas.

“Un albañil cae de un techo, muere y no almuerza/ ¿Innovar luego el tropo, la metáfora?/ Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente/ ¿hablar, después, de cuarta dimensión?”.

El padre Alejandro Solalinde lo dijo ayer en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara:  “México ha llegado a un límite […] al gobierno no le interesamos”. Triste denuncia disparada al corazón de un sistema inequitativo, injusto, creado y legalizado para que los poderosos mantengan sus privilegios. El poema de Vallejo traza en un fiel retrato los productos de esta sociedad desigual:

“Un paria duerme con el pie a la espalda/?¿Hablar, después, a nadie de Picasso?/??Alguien va en un entierro sollozando/?¿Cómo luego ingresar a la Academia?/??Alguien limpia un fusil en su cocina/?¿Con qué valor hablar del más allá?/??Alguien pasa contando con sus dedos/?¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?”