La Feria

Un gran premio para Hugo

Mientras realizaba un recorrido, cargando con su poesía por Lagos de Moreno,  Jalostotitlán y Tepatitlán, el poeta tapatío Hugo Gutiérrez Vega recibió antier la noticia de que mereció el Premio Nacional de Literatura y Lingüística 2013. Claro, saberlo lo alegró mucho; por nuestra parte, caray, no queda más que celebrarlo, congratularnos de este buen año que ha tenido el maestro jalisciense, en el que ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua, fue el elemento determinante del jurado del Premio FIL en Lenguas romances y recibirá el galardón referido.

Alguna vez, escribí sobre Hugo que su obra poética, integrada por casi veinte títulos, constituye un solo intenso y hermoso texto que se despliega  nítido y transparente, como un árbol de luz, unas veces aquietado en el instante y, otras, expandiéndose y condensándose en su respirar rítmico y pausado. Luz crepuscular, fuego claro que ilumina las cosas cotidianas y las impregna de melancolía y, a veces, también de humor; claroscuro que permite observarlas, transfiguradas, al mostrar las aristas ocultas de su ser.

Reproduzco un fragmento: “No somos más que un pañuelo/  agitado por el viento de los muelles./ Nuestro deseo es llegar,/ pero siempre nos vamos./ Somos una risa interrumpida por el invierno;/ una mañana con sol súbitamente invadida/ por los ejércitos de las nubes;/una tarde tranquila sorprendida por la lluvia;/ una noche con la luna/ cubierta de pronto por el temporal./ Pero somos y eso no nos lo quita el viento./ No seremos, pero hemos sido./ Sirva esto para seguir andando…”

La poesía de Gutiérrez Vega fluye sin tropiezos. Su tono, sereno y sostenido, cubre el corazón de quien la escucha, de quien la lee, hasta saciarlo. Su ritmo, consistente y suave, deja en el oído la contundencia líquida de sus evocaciones. El lenguaje que le da cuerpo está tejido finamente y su textura revela –a través de una sintaxis clara y estructurada— el juego de los significados: el florecimiento semántico en la perfección de las simetrías verbales.

Las cosas, entonces, sin dejar de ser ellas, son también otra cosa. La palabra poética –al nombrarlas— las transforma e integra al universo que despliega el texto. En ese marco, el lector encuentra en el poema los elementos que le permiten acceder a la visión que emerge en el espacio de la lectura. Y le permite observar, por ejemplo “la incierta amanecida de un jardín submarino”, “una sombra sin caminos/, una niebla constante/ borrando la presencia de los árboles”, o “la desnuda visión que en primavera da paso a las muchachas con lilas en los brazos”.

Pero Hugo no sólo es un estupendo poeta. Es también ensayista, periodista cultural, generoso maestro de toda una generación de autores, promotor de relaciones literarias y presencia estimulante para los autores de las siguientes generaciones.

Por eso y por mucho más, celebro esta designación que ya antes fue obtenida por otros jaliscienses como Mariano Azuela, Juan Rulfo, Agustín Yáñez, Juan José Arreola, José Luis Martínez, Elías Nandino, Antonio Alatorre, Vicente Leñero, Emmanuel Carballo y José Guadalupe Moreno de Alba.  Hugo escribe así una página brillante en la historia de las letras mexicanas. Por algo, uno de sus poemas más breves pero más bellos, dice: “Somos la nueva voz/ el polvo nuevo/ de la palabra antigua.”