La Feria

Del exilio

 A Zelene Bueno


Uno de los más bellos poemas que escribió Luis G. Urbina (1864-1934) es Elegía del retorno. En sus versos, el poeta canta su deseo desolado de retornar a la ciudad de México, luego de haberse auto exiliado en España, tras el triunfo de Álvaro Obregón en 1915. Sólo volvió una vez y partió de nuevo aún más desalentado.

Los versos del poema, reveladores de una tristeza individual, son a la vez de todos, porque, en alguna forma, todos, también, somos exiliados. Nos vamos, partimos, constantemente. Lo dice Hugo Gutiérrez Vega en otro poema: “No somos más que un pañuelo/ agitado por el viento de los muelles./ Nuestro deseo es llegar/ pero siempre nos vamos./”

Exiliados del presente, arrojados hacia un futuro en donde la única certidumbre es la de la muerte, los seres humanos estamos siempre en tránsito, siempre de paso. Las calles de la ciudad de la infancia, ya no son las mismas; la ciudad no es la misma; pero, lo más doloroso es que, como escribe Neruda: “nosotros, los entonces, ya no somos los mismos”. Hemos dejado atrás amigos y experiencias, amores y experiencias, hemos dejado atrás —a veces como huella luminosa, a veces como un vestigio oscuro— los despojos de nuestra propia vida.

Por eso, cuando Urbina, desde su doloroso exilio, imagina tornar a aquella ciudad que lo encantaba, sabe también que aquello no es posible; que, aunque regresara, sólo encontraría ruinas: “Volveré a la ciudad que yo más quiero/ después de tanta desventura; pero/ ya seré en mi ciudad un extranjero.// A la ciudad azul y cristalina/ volveré; pero ya la golondrina/ no encontrará su nido en la ruina.”

Y después de contar en el poema lo que sentirá al ver la vieja escuela, la iglesia de la infancia, la puerta de su casa, el jardín de la primera cita, comprende que la pérdida alcanza la dimensión de una tragedia: “Y en esa soledad, que reverencio,/ en la muda tragedia que presencio,/ dialogaré con todo en el silencio.”

El dolor del poeta alcanza ese espacio en donde es posible revelarse también como nuestro dolor. No es la misma ciudad ni el mismo tiempo, pero su exilio es una metáfora dramática del exilio que todos sufrimos cuando, tras ser arrojados de nuestros paraísos, comprendemos la pérdida. Podríamos entonces decir, como el poeta: “Iré como un sonámbulo: abstraído/ en la contemplación de lo que he sido/ desde la cima en que me hundió el olvido./”

La luz de la poesía, al menos, nos revela este dolor compartido y nos entrega, en los tercetos consonantes de Urbina, una nueva forma de comprender la existencia humana. Un existencia en donde la nostalgia; es decir, el dolor de la ausencia, se manifiesta una y otra vez como un llamado o como una pérdida.

Un llamado a buscar los nuevos paraísos; una pérdida si, como a la mujer de Lot, nos paraliza y nos aterra lo perdido.