La Feria

Un bibliotecario de leyenda

En una sala de juntas de la biblioteca estatal “Juan José Arreola”, entre los retratos de varios distinguidos bibliófilos jaliscienses, se encuentra el del maestro José Cornejo Franco (Tepatitlán 1900, Guadalajara 1977). A él correspondió en buena parte ordenarla y dirigirla durante casi tres decenios. Toda una vida. Aquel hombre, que me tocó conocer ya en avanzada edad y a quien no vi sonreir, fue un estudioso de la historia de Guadalajara y un escritor que merece mucho más que el polvo del olvido que hoy lo cubre.

Participó en el Centro Bohemio que encabezaba José Guadaupe Zuno. Enrique Díaz de León, al llegar a la rectoría de la Universidad de Guadalajara, lo designó director de bibliotecas a principios de los años treinta, cargo al que regresó en 1949 para mantenerse en él hasta su fallecimiento. Fue miembro de la Academia Mexicana de Historia y de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero, sobre todo, estudió y publicó una veintena de obras sobre distintos tópicos de historia y literatura de Jalisco.

Una breve obra de su autoría es Testimonios de Guadalajara (UNAM, 1942), en donde reúne fragmentos de crónicas  sobre la ciudad. Entre ellos, destaca uno de la Crónica miscelánea de la sancta provincia de Xalisco, escrita en 1653 por fray Antonio Tello, en donde se narra un episodio casi legendario en el que participó la matrona tapatía Beatriz Hernández, a quien el texto atribuye la decisión de construir la urbe en el sitio en el que ahora se encuentra, tras imponer su voluntad a los varones.

De acuerdo con lo narrado, su figura podría distar mucho de la bella estatua femenina que la representa en la Plaza Fundadores. Más bien, debió ser una mujer recia y decidida como parece confirmarlo otro fragmento de la crónica que narra un ataque indígena: “Traía esta señora un gurguz o lanza en la mano y andaba toda vestida con unas coracinas, ayudando a recoger toda la gente, animándoles y diciéndoles que fuesen hombres”. Una vez que los tapatíos se resguardaron en la “casa fuerte”, un indio de tamaño descomunal logró abrir una puerta e introducirse en el recinto, golpeando y matando a varios españoles.

En tanto que eso ocurría “salió Beatriz Hernández a ver a su marido, que era capitán de la guardia de la puerta por donde el indio había entrado, y comenzó a reñirlos a todos (…) diciendo que la dejasen a ella con el indio. Riéronse de ella, y estando en esto, el indio arremetió a ella y ella a él, echando la mano a su terciado, y le dio una cuchillada en la cabeza (…) y poniéndole el pie en el cuello, le dio dos estocadas con que le mató. Y luego dijo a su marido que con él se debía haber hecho aquello, por haber dado entrada a los enemigos”.

Un pasaje fundamental de nuestra historia, retomado por Cornejo Franco, que deja en claro la decisión y fuerza de doña Beatriz. Pero, más allá de lo anecdótico, es hora de que se reconozca con mayor luz el aporte del legendario bibliotecario a la historia y a las letras de Jalisco.