La Feria

Los árboles, el viento y ninguna respuesta

Para Francisco, Gastón, Selenita y Marijó

En estas tardes entre frescas y frías, de un otoño que asoma tardíamente entre los restos desgajados de un húmedo verano, se antoja escuchar música suave mientras se bebe a sorbos lentos un café (o un chocolate en agua) cerca de la ventana. Afuera, entonces pueden mirarse los ramajes de árboles tranquilos que se mecen con el bamboleo de las algas misteriosas que habitan en el fondo marino.

Ahí, en ese espacio abierto momentáneamente a la tranquilidad, podemos retomar alguno de aquellos viejos discos –uno de Bob Dylan, por ejemplo— para que nos conduzca por los pasillos añosos de la memoria hasta los años verdes, cuando la utopía de la paz y el amor aún eran ciertas.

Niños aún, por allá, a principios de los sesenta, el mundo comenzó a moverse hacia nuevos sueños. El entonces joven, desgarbado y desgreñado Dylan había lanzado su primer disco, que vendió dos millones de copias. Un segundo álbum incluyó “La respuesta está en el viento”, que se convirtió en un himno de los movimientos pacifistas y hippies de Estados Unidos y corrió, como el viento precisamente, por todo el mundo.

Dylan cantaba con naturalidad y una pasmosa sencillez. Y, en alguna forma, su desparpajo lo convirtió en la encarnación de una generación alzada contra la guerra, la violencia y insensatez del poder. Por eso, cuando, armónica y guitarra en mano, tomaba el escenario, miles de gargantas jóvenes coreaban sus estribillos y se dejaban conducir, no sólo por las letras, denunciantes y reveladoras, sino por el impulso de aquella facha honesta que decía tanto como sus canciones.

La voz de Bob (el apellido se lo colocó en honor del poeta Dylan Thomas) no sólo reconocía que el mundo aquel estaba lleno de hipocresía, sino que además la denunciaba y hacía ver que al lado de la cara bonita de la sociedad, una multitud  segregada buscaba paliar el dolor de su vacío.

Alguna vez escribí que Dylan miraba hacia el mundo y el mundo adquiría la forma, no del escenario descrito por las abuelas, sino de otro muy real cuyos conflictos y mentiras percibían las nuevas generaciones con mucha claridad; un mundo donde existía la podredumbre, el dolor, la ceguera. Un mundo sostenido por una hegemonía con la que no se podía estar de acuerdo.

Así, los contenidos de sus canciones trazaron una fina protesta que se volvió himno y testimonio de una generación, porque, como bien cantó: “los tiempos están cambiando, los tiempos están cambiando”. Ahora, lo sabemos, los problemas siguen ahí, sin que se encuentren las respuestas, porque, como afirma en su canción, “la respuesta, amigo mío, está en el viento”.

Y aquel viento, amigo lector, es el mismo que mece las copas de estos árboles vivos y hermosos que ahora, con un suave balanceo, acompañan a este hombre que los mira, ya maduro, desde la ventana de su casa mientras toma un chocolate en agua y escucha, una vez más, la voz de Dylan descolgándose por las enredaderas del recuerdo.