La Feria

Renacer en diciembre

Los años caen sobre el tiempo como las hojas de los árboles. Una invisible ráfaga los arrebata y los mece en el vacío para dejarnos cada vez más cerca de la muerte.

La vida, esta posesión única, se fuga como la arena entre las manos y nos deja apenas unos cuantos restos de lo que alguna vez, como si fuera un sueño, sucedió.

Viene la Navidad, viene otro año. Y nosotros de pie, ante el crepúsculo, escuchamos los ríos de silencio que corren tras el sonido de los autos, tras el tráfago diario, tras la prisa de siempre, tras las preocupaciones. Ríos de silencio que fluyen invisibles desde la eternidad, y arrastran los instantes de los seres humanos, desgajan las culturas milenarias, diluyen las especies, encienden asteroides y apagan nebulosas con ritmo pendular, interminable.

Y nosotros aquí, presintiendo esa marea incesante, viviendo el tiempo nuestro, a veces sin saberlo.

No es cuestión de consejos. Suficientes se encuentran en Internet. Es cuestión de consciencia. De sentir esta vida latiendo en nuestras manos, de abrir más la mirada para leer la escritura sagrada de la naturaleza, para sentir el afecto de los seres queridos. Para mirar un árbol, una manzana, un niño y entender que la vida es la única agua que podemos beber sin limitantes.

Ahora un viento fresco agita el ramaje de los árboles del jardín de enfrente de mi casa. Y pido que, a pesar de los males que se abaten sobre el corazón humano, renazca la esperanza. Que seamos capaces de desear que terminen los crímenes, la matanza en Alepo, la trata de personas. Desear, imaginar, querer, que el mundo cambie y brote una nueva manera de vivir, donde la solidaridad humana se manifieste, la ambición disminuya y valga el hombre que el dinero.

Es Navidad y el cielo brilla con las mismas estrellas que hace dos mil años. El horóscopo ha girado, quizá, unos cuantos grados, pero las aguas siderales son las mismas.

Hay tanta calma en el cielo estrellado. Una luz invisible corre como un río tras de nosotros. Un caudal silencioso que arrastra los minutos.

Y nosotros en medio de las aguas que fluyen percibimos de pronto que la vida es finita y que en el breve espacio de tiempo que nos brinda podemos alumbrar un poco nuestro entorno, con la palabra justa, con la mano extendida, hacia aquellos que sufren y carecen de todo.

Es Navidad y el cielo brilla con las mismas estrellas. Una nostalgia interna desgasta lentamente las paredes del tiempo. Una melancolía que viene desde lejos cultiva en nuestras venas sus flores delicadas.

En la boca florecen las nuevas ilusiones. Un año se termina y un año nuevo nace y trae a nuestras manos otra oportunidad. Queremos, ahora sí, perseguir nuestros sueños; dejar las limitantes, arrojar al fogón los viejos instrumentos y correr tras el aire que respira la tierra. El año ya comienza y en sus manos podemos renacer como los fénix.