La Feria

Ramón Rubín, un novelista en la niebla

Hoy, hace 16 años que Ramón Rubín (Mazatlán, 1912, Guadalajara 1999) dejó nuestro mundo. Sinaloense de nacimiento, pero Jalisciense por decisión, vivió en Guadalajara largas décadas, y amó y luchó por el lago de Chapala como pocos jaliscienses lo han hecho.

Fue narrador prolífico y eficaz. Un estupendo novelista y cuentista. Sus últimos diez años los vivió casi sólo, con el apoyo de sus hijas. Ocho de ellos, en su casa de San Miguel de Cuyutlán, cerca de Tlajomulco; los dos últimos, en una casa para ancianos.

Lo conocí cuando el hombre ya era mayor y la edad le obligaba a caminar con lentitud y a escuchar con dificultad. Me pareció admirable el entusiasmo que mostraba ese viejo encantador —autor de más de veinte novelas y numerosos cuentos— cuando hablaba de su vida, de los numerosos oficios que desempeñó, de la forma en la que se interesó por el cine, de las pláticas con su amigo Juan Rulfo en el café Madoka, de la adaptación de algunas de sus novelas al cine o al comic y de la forma en que vivió: con una pasión inevitable que lo condujo al goce, al dolor y a los laberintos de las historias humanas.

Don Ramón mantuvo siempre su distancia con los intelectuales y literatos; y creyó que, veladamente, ellos siempre lo profesaron desprecio. Buen amigo de Rulfo, compartió con él la lejanía del olimpo literario y de las buenas letras. Apenas en 1997, cuando sumaba 85 años, se le otorgó el Premio Jalisco en Letras. Indiscutiblemente merecido. Y más tarde, cuando la muerte decidió tocarlo, no se realizó ningún gran homenaje en su memoria.

La obra novelística de Rubín es una de las más valiosas que se hayan producido en el estado. Sus novelas son ágiles, y presentan con profundidad a los personajes que las habitan. En El callado dolor de los Tzotziles, por ejemplo, retrata con fina claridad la vida y las vejaciones cotidianas que padecen los indígenas de Chiapas; todo ello, muchos años antes de que el “Sub comandante Marcos” sacudiera la conciencia nacional al mostrar la segregación a la que estaban sometidos.

Pocos estudiosos hay de la obra de Rubín. Uno de ellos es Marco Aurelio Larios, investigador de la UdeG. Ojala hubiera más. Pese a la calidad de sus escritos, es difícil encontrar cualquiera de sus novelas. El Fondo de Cultura Económica, que le publicó varias, no tiene planes para reunirlas o para brindarles una mayor difusión.

Yo recuerdo un cuento magistral que le publicó Ernesto Flores, en una de sus revista. El cuento se titula “El mocho” y plantea con estupenda técnica el conflicto que agita a un muchacho “bueno” que se enamora de una prostituta, la que, al final, acaba en la cama de un “mocho” vulgar, agresivo y borracho.

Las letras que dejó Rubín tienen ancho y alto, una dimensión que merece un lugar en la literatura de Jalisco. El hombre, que construyó su profesión de escritor entre el ejercicio de innumerables oficios, deja un legado que los jaliscienses debemos recoger.

 

jorge_souza_j@hotmail.com