La Feria

Ramón Rubín en busca de su resurrección

Aunque nació en Mazatlán, Ramón Rubín (1912-1999) fue uno de los narradores más prolíficos e importantes que ha tenido Jalisco. Además de una obra impresionante constituida por casi veinte novelas y unos quince libros de cuentos, el hombre realizó escritos técnicos sobre acuacultura y otros temas; lamentablemente sus obras son muy difíciles de conseguir.

En sus años postreros, el escritor se convirtió en un verdadero defensor del lago de Chapala. Ya viejo, lo recuerdo en un programa de televisión, soltando lágrimas, como si fuera niño, cuando lamentaba el mal trato y la falta de protección que se brinda al lago más grande de México.

Durante sus diez o doce años finales, Rubín vivió casi aislado, primero en su casa de San Miguel de Cuyutlán, cerca de Tlajomulco, en donde lo visitaban sus hijas, y luego, sus dos años finales, en una casa para ancianos.

Yo había leído algunas de sus novelas, pero lo conocí ya tarde, cuando los años se le habían acumulado en el corazón y en la memoria, por allá a principios de los noventa. Para entonces, las enfermedades le obligaban a caminar con lentitud y a escuchar con dificultad. Sin embargo, a pesar de la edad, era admirable el entusiasmo de aquel viejo cuando hablaba de su vida, de los numerosos oficios que desempeñó –desde vendedor de jabones hasta zapatero—, de la forma en la que se interesó por el cine, de sus pláticas con su amigo Juan Rulfo en el café Madoka o de la adaptación de algunas de sus novelas al cine o al cómic.

Lejos de las luces que rodean a los grandes escritores, la vida de Rubín transcurrió por el sendero de la creación y la intensidad. Su vida de viajero le otorgó la materia prima de la que surgieron novelas y cuentos. Recorrió el país de cabo a rabo varias veces, desempeño los oficios más diversos y dejó testimonio, en sus obras, de una existencia rica y dura, llena de observaciones, de inteligencia y de humanismo.

Sin embargo, sus libros son muy poco conocidos y difíciles de obtener. El Fondo de Cultura Económica, con quien celebró contratos de publicación para algunas de sus novelas, no las ha reeditado; a su vez, los intelectuales han mostrado poco interés por rescatarlas o, al menos, por analizarlas. El Fondo debería reeditar estas obras y otorgarles la difusión que merecen.

Así, a 101 de su nacimiento, Rubín continúa siendo un autor que habita en la penumbra, apenas conocido, apenas mencionado. Un autor que espera aún la luz que lo ilumine y lo sitúe en la historia de las letras nacionales.

Rubín no fue partícipe de los círculos literarios. Tampoco disfrutó de reconocimientos ni homenajes. Apenas en 1997, cuando ya contaba con 85 años, se le otorgó el Premio Jalisco. Cuando la muerte decidió tomarlo en 1999, sólo unos cuantos se acordaron de aquel hombre que, gastado por el ejercicio de la vida, partía dejando su legado de palabras y de historias estupendas.

La obra de Rubín es valiosa. Sus novelas son ágiles, y presentan con profundidad a los personajes que las habitan. En El callado dolor de los tzotziles, por ejemplo, retrata con fina exactitud la vida de los indígenas de Chiapas muchos años antes de que el conflicto armado se presentara y expusiera las condiciones en las que subsisten las etnias de esa región.

Yo recuerdo un cuento magistral que le publicó Ernesto Flores, en una de las revistas que dirigió. Se titulaba “El mocho” y planteaba con estupenda técnica narrativa el conflicto de un muchacho inteligente y fino que se enamora de una prostituta quien, tras evadirlo a él, acaba en la cama de un hombre mutilado, vulgar y borracho.

Las letras que dejó Rubín tienen ancho y alto, una dimensión que merece un lugar en la literatura de Jalisco. El hombre, que construyó su profesión de escritor entre el ejercicio de innumerables oficios, deja una herencia que los jaliscienses debemos recoger.