La Feria

Poesía que mira hacia el misterio

Miramos hacia el cielo por la noche y la mirada cae en una profundidad hermosa y absoluta; tras la mirada, un espacio de silencio, solo pausado por el cintilar (también callado) de las estrellas, queda ante los ojos maravillados. Tal vez más de 300 mil millones de ellas se mantienen suspendidas en el abismo cósmico, brillando, girando en torno al eje de nuestra galaxia, en una danza sin fin y sin principio.

Inserto en esta misteriosa armonía, el homo sapiens es apenas un poco de polvo derramado sobre los párpados de la eternidad. Una especie animal que se enseñoreó de su pequeño mundo y que, por alguna causa —cósmica e inexplicable—, germinó en él otro tipo de conciencia que lo alejó del animal, pero no lo ha convertido, como profetizaba Nietzche, en superhombre. A mitad del camino, nos queda, sin embargo, la nostalgia.

Tal vez por eso, ante el misterio, algunos homo sapiens se han sentido sobrecogidos. Milenios más tarde, Milton escribiría “¡Salve sagrada luz, hija primogénita del cielo/ Oh destello inmortal del eterno ser!” Y Blake, se dirige así a una estrella: “Di el silencio con el fulgor de tus ojos/ y lava el polvo con plata”. Siglos después, el cubano CintioVitier, al hablar a la noche le dirá: “Cómo si estás hecha de nostalgia lo eres todo/ Y si eres todo ¿por qué ansías en lo oscuro que yo mire y desee tu belleza?” Y en su poema “Viento entero”, nuestro Novel Octavio Paz, repetirá, víctima de la iluminación, una y otra vez: “El presente es eterno”.

En uno de sus libros, el enigmático Carlos Castaneda, atestigua que Don Juan, su mentor chamán, habla de la poesía y de los poetas: “Me gustan los poemas por muchas razones —dijo—. Una de ellas es porque captan esa preocupación ancestral y pueden explicarlo. Reconoció que los poetas estaban profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se daban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como los brujos”.

Y, tras abrir un libro del propio Castaneda, le pidió leer casi al azar un poema de Juan Ramón Jiménez. Transcribo dos fragmentos: “¿Soy yo quien anda esta noche/por mi cuarto, o el mendigo/ que ronda mi jardín,/ […] Creo que mi barba era/ negra… yo estaba vestido/ de gris… y mi barba es blanca/ y estoy enlutado… ¿Es mío/ este andar? ¿Tiene esta voz/ que ahora suena en mí, los ritmos/ de la voz que yo tenía?/”

Tras leer este texto en el que está presente la vejez, la cercanía de la muerte y la inminencia del misterio, don Juan dice del poeta que, además de la sensación del arrastre del tiempo, “intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad que determina nuestro destino”.

Tal vez por eso, Alí Chumacero, al referirse al misterio, escribe lo siguiente: “Y empiezo a comprender/ cómo el misterio es uno con mi sueño/ cómo me abraza en desolado abrazo/ incinerando labios y voz/ igual que piedra hundida entre las aguas/ rodando incontenible en busca de la muerte/.