La Feria

Poesía del corazón, la de Ricardo Yáñez

Hace unos días Ricardo Yáñez (Guadalajara 1948) recibió el Premio Juan de Mairena que otorga la Universidad de Guadalajara, en el marco del Verano de la Poesía. Merecido sin duda el reconocimiento, y recibido, como era de esperarse, en un acto entre emotivo y escénico en el que Yáñez lloró, cantó y dijo algunos versos breves, acompañado de Jahir, Ernesto Cano Jr. y otros músicos.

Los jueces del galardón (Carmen Villoro, Karla Sandomingo, Víctor Ortiz, Mario Heredia, Ernesto Lumbreras y quien esto escribe) decidieron que el poeta, periodista y tallerista merecía el reconocimiento y era hora de entregárselo. Sea. La decisión la avalaron los funcionarios de Cultura U de G, Guillermo Covarrubias y Ana Claudia Zamudio..

Existencia y poesía se entreveran en Yáñez desde su juventud y no hay forma de separarlas. Comenzó a escribir en los sesenta, a coordinar talleres en los setenta, y descubrió el secreto de la unidad del cuerpo y la palabra. En el cuerpo encontró la resonancia auténtica del poema, la revelación de la voz, cuando se logra.

Fiel a su palabra, persiguiéndola acaso como un ciervo herido, Ricardo ha dejado escrito el testimonio de sus hallazgos. El Fondo de Cultura Económica le publicó, hace algunos meses, su obra completa bajo el título de Desandar. En muchas de esas páginas, aspiramos la sencillez del limonero o del mezquite y escuchamos el canto del gorrión o del pajarito, recobrado el fulgor que tuvieron, alguna vez, en el paraíso.

Poemas, poesía, en donde laten ecos de Martí, San Juan, Góngora, Quevedo, Alberti y Machado, además de reminiscencias de un amplio registro de poesía popular. Y ese es uno de los logros de Ricardo: enraizado en la tradición poética del castellano, nos ha devuelto la certeza en la poesía sencilla, la que enciende de buenas a primeras el corazón que la recibe.

Lejos de prejuicios y de modas, la mano de Yáñez ha cultivado frecuentemente la rosa de la rima y el jardín de la métrica. Y es porque sabe que la obra rimada, como el canto, se guarda inevitablemente en la memoria y el pecho la recuerda cuando el momento llega: En una cajita de oro/ vi una estrellita de plata/ el amor se entrega entero/ si no nomás se maltrata/  o  una morena quiero/ que no me mira/ pero tras la ventana/ por mí suspira. Hermosa sencillez de la palabra.

Sus versos, muchas veces, surgen de una fuente clara, precisa, contundente. Versos que el alma retiene como propios y que suelta a volar para encender el cielo con su vuelo. Versos, a veces rimados, que se rigen por la intención de hallar, en la palabra clara, el rastro de la herida, el rostro del amor o los vestigios de aquello que perdimos.

Por eso, el mundo poético de Ricardo está poblado por el granado, el rosal, el jardín, el arroyo, la fuente, el venado, la venada, venadito, el gorrión, los pajaritos, el mezquite, el limonero y, por supuesto, la estrella y la voz, símbolos de aquello que buscamos en el silencio luminoso del poema.

Porque Ricardo sabe que la poesía no es encuentro sino búsqueda del encuentro, que al buscarse se logra. Y, más que eso, que la fuente de donde brota el arroyo de la voz, tiene en el corazón un canto que no puede entonarse a menos que se escuche con el cuerpo y se mantenga, velado, en los espacios de silencio que se tejen en el interior del texto.

Por eso es que sus renglones recuerdan la estupenda sencillez de José Martí o el anhelo de San Juan de la Cruz. Martí y San Juan. Y en medio, echando sus raíces, el amor. Un amor que se deshoja y que retoña intermitentemente, y que le entrega al cuerpo que lo sufre la justa dimensión de su existencia.

Yáñez, en numerosas formas, nos representa a todos los que, como el ruiseñor de sus poemas, cantar al sol queremos, resplandecer con él mientras que arde la efímera llama de la vida, aunque no conozcamos con certeza si ese sol luminoso nos escucha o si es el canto nuestro el que alumbra con luz propia este camino, mientras las llamas del amor nos estremecen.

 

jorge_souza_j@hotmail.com