La Feria

Pacheco, Nandino y Arreola

Enriquecido con la presencia del genial narrador Fernando del Paso en el presidium, se realizó en el Paraninfo el homenaje de la Universidad de Guadalajara a José Emilio Pacheco (JEP), ayer, día en que se cumplen 75 años de su nacimiento. El rector general, Mtro. Tonatiuh Bravo Padilla, y el rector del CUCSH, Dr. Héctor Raúl Solís encabezaron el acto.

Tres estudiosos de las letras, Cecilia Eudave, Luis Vicente de Aguinaga y quien esto escribe hablamos sobre la vida y la obra extinto poeta, inolvidable ensayista y generoso amigo, moderados por Alfredo Sánchez. En mi turno recordé la relación que JEP tuvo con dos maestros suyos jaliscienses: Elías Nandino y Juan José Arreola. Dije más o menos lo siguiente.

De 1956 a 1960, Elías Nandino (Cocula 1900, Guadalajara 1993) publicaba la revista Estaciones, que siempre estuvo abierta a las nuevas voces. Una de las secciones, “Ramas nuevas”, la dejó a cargo de dos jovencitos talentosos, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Rafael Solana recuerda que JEP “era uno de los dos o tres niños terribles que Elías Nandino cobijó con sus alas de gallina sexagenaria cuando tuvo la generosa idea de costear una revista […] para dar a conocer a sus polluelos incipientes; tuvo la fortuna de que algunos tuvieran patas para gallos. Y el mejor de todos fue José Emilio”. Más tarde, Nandino, incluso, dedicaría un poema a JEP, quien poco después se convertiría en el jefe de redacción del suplemento de la revista Siempre, “La cultura en México”, un suplemento fundamental para las letras mexicanas de mediados del siglo XX, bajo la dirección de Fernando Benítez.

En esos mismos tiempos, Pacheco conoció también a Juan José Arreola (Ciudad Guzmán 1918, Guadalajara 2001), maestro de la perfección, con quien lo presentó su amigo Carlos Monsiváis. Cuenta JEP la historia de su acercamiento a Arreola, a raíz de que, en un libro de Christopher Domínguez Michel, su nota biográfica decía “fue amanuense de Arreola”:

“Todo se resume en una frase: Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana. Otros hubiéramos necesitado de muchos borradores para intentar aproximarnos a lo que en Arreola era tan natural como el habla o la respiración”, escribe JEP.  Unos años antes, cuanto tenía quince o16, Pacheco acudió a una cita con Arreola, quien llegó acompañado de su hijo Orso, aún muy pequeñito. “Me desconsoló que, en la tarde de calor, Arreola pidiera un Squirt. Yo suponía que un artista como él sólo tomaba vino de Chipre o algo semejante”, agrega.

JEP evoca al grupo de aprendices de Arreola quien “no cobraba un centavo por impartirnos su sabiduría. Dudo que hubiéramos podido pagárselo. Creo que su único sostén, aparte de los escasos derechos por sus libros, era la beca de 500 pesos que Alfonso Reyes había logrado que El Colegio de México diera a unos cuantos escritores. Llegó Daniel Cosío Villegas y suprimió las becas. Arreola se quedó sin ningún medio”.

El director de Publicaciones de la UNAM, Henrique González Casanova, acudió al rescate del maestro y le compró los textos para un libro futuro que llevaría hermosos dibujos de animales de Héctor Xavier. Pero el adelanto se agotó, el plazo para entregar el libro se vencía y no se había escrito ni una línea. Así que, sea como fuere, JEP llegó

el 8 de diciembre, “ya con el agua al cuello”, a la casa de Arreola, a las nueve de la mañana. Dejemos que sean las palabras de Pacheco las que narren el fin de la aventura:

“[…] Hice que Arreola se arrojara en su catre, me senté a la mesa de pino, saqué papel, pluma y tintero y le dije: —No hay más remedio. Me dicta o me dicta. Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó: —¿Por cuál empiezo? Dije lo primero que se me ocurrió: —Por la cebra. Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: ‘La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida’. Y así, el 14 de diciembre escuché el final del libro: ‘Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria’.

Nandino y Arreola, dos maestros jaliscienses pusieron un ladrillo en el camino de José Emilio, para que hoy sea, sin ninguna duda, un punto de referencia indeleble y luminoso en el horizonte de las letras mexicanas.