La Feria

Nervo, entre la fama y el pecado

Hace un mes, el 27 de agosto, se cumplieron 134 años del nacimiento del poeta Amado Nervo; todo un caso. Ningún poeta ha alcanzado en América Latina la popularidad del bardo tepicense. Sus funerales fueron, según Bernardo Ortiz de Montellano, un acontecimiento de la época, ya que: “Ni héroe ni rey alguno, menos un poeta, han recibido nunca los honores funerales que durante seis meses, tiempo que duró el traslado a la capital mexicana, le rindieron a su paso los pueblos de América”.

Más aun: “La prensa de veintiún países reprodujo, con frecuencia, artículos laudatorios, versos de homenajes, noticias de los funerales […] Los escritores, los poetas, las voces femeninas de América de manera vertiginosa –Juana de Ibarborou. Gabriela Mistral, Alfonsina Storni— Los libreros agotaron las ediciones de sus libros, Millones de labios repitieron su nombre y sus versos”.

No era en vano. La obra de Nervo se repetía constantemente. Sus poemas los sabían de memoria hombres y mujeres, y no puede negarse que en su legado brilla una gran riqueza literaria. No sólo en sus novelas, también en sus cuentos y en sus breves novelas, que fueron difundidas ampliamente. Era, pues, justificado que su fama creciera como la espuma, y dicen, quienes le conocieron, que en escucharlo había una fascinación hipnótica a la que los oyentes no podían resistirse. Habría qué ver cuánto de su grandeza la debe a la fuerza hechizante de su presencia y al cautivante embrujo de su palabra. En fin, su libro La amada inmóvil, dedicado a Ana Cecilia Luisa Daillez, ha sido tal vez el más leído y vendido de la poesía mexicana. ¿Quién no ha escuchado “Gratia plena”, por citar un ejemplo?: Todo en ella encantaba, todo en ella atraía/ su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…/ El ingenio de Francia de su boca fluía-/ Era llena de gracia, como el Avemaría./ ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!/.      Ana Cecilia. La bella amante. La amante que la casualidad puso en sus brazos tras un encuentro fortuito en una calle. La mujer que, según escribió con lágrimas en los ojos, idolatró durante diez años, hasta que la muerte se la arrebató… aunque aquel amor no impidió que la mantuviera encerrada, oculta a las miradas de la gente, escondida como un pecado; sujeta totalmente a las decisiones del poeta. Nervo era así. Temía el pecado, sobre todo el carnal y convivir sin matrimonio con su amada no podía procesarlo. Tan así fue, que cuando la bella mujer enfermó, el poeta persistió en mantenerla aislada y sólo cuando ya no tenía remedio, se permitió llevarle un médico.

Aquel amor que llora en las páginas del libro referido, tampoco impidió que años más tarde declarara su amor a Margarita, hija de Ana Cecilia y de quien era tutor. La muchachita, de 18 años, le respondió con un rotundo no: “¿Cómo voy a poder hablar a usted sin llamarle papá?”, le dijo y puso fin al sueño de un Nervo cuarentón y en la cúspide de la fama. Nervo, por otra parte, fue un maestro de las letras. Cultivó con acierto la técnica de la poesía y de la narrativa.

Arrobó con sus descubrimientos poéticos al mismo Rubén Darío, su gran amigo. Y si bien siempre giró en torno a una inquietud mística, lacerante a veces, reveladora otras, no se decidió finalmente por seguirla. Quería que la voz fuerte, clara, rotunda, de Jesús le dijera “Ven”, para dejarlo todo. Nunca logró escucharla con tal fuerza; pero, muchos de sus poemas son estupendos; creaciones saturadas de un intenso brillo que sólo los grandes poetas imprimen a sus obras.